29 abril 2018

En el banco, pero al revés

Eran casi las dos de la tarde de este día viernes, cuando yo estaba, como todo ciudadano de a pie, en el Banco Estado (¿se escribe junto, con una mayúscula, cómo?) esperando que alguien del Servicio al Cliente me ayudara a sacar mis últimos ahorros. En la pantalla de números, que alivio que ahora no se haga cola, no tenga que estar parada con mi escoliosis o tenga que guardar puestos a señoras que, apenas se van, les olvido la cara; en la pantalla, como decía, habían dos tandas de números, los con S y los con F. Yo tenía el S 136. El señor viejito sentado a mi izquierda, junto a su hijo obeso con una bolsa de cabritas que olían a dioses -no sé si en todos lados es igual, pero acá te venden las cabritas en bolsas, simples bolsas camiseta- cuando la pantalla parpadeó con el F 184. El hijo, supongo que era el hijo, un hombre de mediana edad, le dice a su padre, un hombre mayor, que se pare porque les toca. Pero antes de poder hacerlo, claramente a ambos les costaba levantarse del asiento, el hijo se rió y le dijo al papá "ay, no papá, todavía no". El papá sostenía cuidadosamente el papel con su número de atención, el S 148. Yo me sentí feliz, acompañada, como si el señor de las cabritas fuera mi hermano perdido.
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