18 marzo 2015

Crónicas musicales Lollapalooza: El público

Imagenes: https://www.facebook.com/lollapaloozachile

Soy pésima cronista, pero aquí voy.


Fui nuevamente este año 2015 al comentado, para bien y para mal, festival de música más importante del país. Importante por la razón que usted estime correcta: por lo caro, por la cantidad de bandas, por la calidad o desprestigio de estas, por la gente, porque no hay otro igual. En fin.

Fui para ver a un par de bandas muy esperadas y de las que me considero amante fiel: Interpol, el mítico Smashing Pumpkins Billy Corgan, los tan aplazados Kasabian. También me colé a varias otras presentaciones que me llamaban la atención y que ahora considero como relleno popero. Menos Jack White, él no es relleno, él es un dios en sí mismo, aunque yo no le prenda muchas velas. En estas crónicas me desmarco de la electrónica y el hiphop por desconocimiento casi absoluto de estas corrientes.
Kasabian
Este año, el público bajó su rango etario considerablemente. ¿Por qué tanto niño/adolescente que ni sale todavía del colegio y que pertenece, visiblemente, a un estrato social acomodado? ¿Puede que se haya vuelto el panorama imperdible de moda ir al Lolla, al mismo nivel que el Mistery Land? ¿Qué iban a buscar allí? Todos tenemos derecho a ir donde queramos, a escuchar la música que nos venga en gana. Todos tenemos derecho a plantarnos en el concierto de una banda que no conocemos y escucharla por primera vez. Pero ellos, iban en otra onda, estaba claro. Iban todos uniformados, imberbes, drogados, enarbolando otras banderas que no eran las del melómano. Eran la del carrete de fin de semana, como cualquier otro que pueden pagar.

(Están en su derecho de considerar este comentario como resentido y antisocial, se los permito. Pero no fui la única que lo pensó, ¿cierto?)

También estaba la fanaticada fiel, el fanclub, el disfrazado como su ídolo, el que solo iba por una banda y se mamó el precio de la entrada por amor a esa banda. Y el que no se inmutaba con nada ¿qué onda esa gente que no grita, no baila, no aplaude? No estoy diciendo que todos deben volverse locos y tirarle los calzones o calzoncillos a los rockstar, pero por último aplaudir. Mover la cara. Suspirar.

En el concierto de Kasabian me acomodé tras unas minas bajas –hay que manejar bien el dato de las alturas para poder ver algo de la banda en un mar de gente, cuando tu propia estatura es del promedio bajo- quienes se sabían todas las canciones, de todos los discos que tocaron, pero que se incomodaban cuando los más entusiastas saltábamos cada vez que la cosa se prendía con un buen coro –“I’m on fiiiiirreeeee”- . Ahí sospeché. Profundamente. Sospeché sobre su postura en la vida, sobre su propia moralidad, sobre el sentido de seguir a una banda como esa, ubicarte en el sector más peligroso del público y sentirte mal porque todos a tu alrededor están on fire gritando por la banda que jamás han visto en vivo, la que canceló una vez, la que dio un espectáculo excelente. Saltando, saltando, me corrí hasta tenerlas lo suficientemente lejos como para no molestarlas.

Lo otro que me llamó mucho la atención fue el público papá. Es decir, la familia, el padre y la madre con hijos muy chicos, con coches, con portaguaguas. Ellos merecen ser nombrados hijos ilustres del festival, todos esos padres que andaban con sus retoños a cuestas rockeando hasta los últimos conciertos. Debí nacer en una familia así.

Interpol

Y por último, quiero terminar este post con una dedicatoria especial a la chica que cantó desafinadamente a más no poder todas las canciones de Interpol, incluidos los pasajes en off, los respiros, los ruiditos de las canciones, la que se subió en hombros de su chico, la que le gritó a Paul Banks, a Daniel Kessler, a Sam Fogarino que los amaba una y otra vez. Ella, quizás la única fan del planeta Interpol –un planeta oscuro, melancólico, sofisticado y sobrio- que vaciló tanto los temas tan poco vacilables de la mejor banda neoyorkina. Para ti, chica de pelo largo, todo mi respeto y admiración por no tener vergüenza de demostrar tu pasión. Ojalá nunca se te quite esa virtud.

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