20 febrero 2014

Capítulo 1. Notas desde el sanatorio. Extracto 2.

La drogadicta de Vitacura, la aseada, llora porque extraña su loza radiante y su agua filtrada. La llamo Teresa, pero ese no es su nombre. El otro día me lo dijo pero lo olvidé. Me parece que no le molesta que yo la llame Teresa. Le digo que la precariedad del sanatorio no es tan mala, que las mujeres por naturaleza estamos preparadas para la inconformidad y que no se angustie, que todo podría ser peor. Hemos conversado bastante estos últimos días, no porque ella sea letrada, porque no lo es. Ella tiene un desplante y una familiaridad que no tienen las internas de clase media. No se siente poca cosa conmigo por no saber quiénes son Oliver Sacks, Carl Jung o la doctora Cordero. Tiene gruesas cicatrices en sus brazos finos. Me contó que nació en Italia porque su papá y su mamá se fueron exiliados en los setentas. Allá, en Italia, sus padres llegaron jóvenes y con dos hijos, los hermanos mayores de Teresa, y tuvieron que rehacer sus vidas lejos de la patria, lejos de las persecuciones, lejos de los detenidos desaparecidos, lejos de los allanamientos a las poblaciones, lejos de los muertos pobres. Estudiaron gratis en la universidad hasta que se doctoraron, se sacaron fotos en el Museo del Prado, en el Museo del Louvre, en el British Museum, en los museos de Vaticano, en el Hermitage, en el Rijkmuseum, en la Gemäldegalerie, en el Kunsthistorisches y volvieron a Chile a mediados de los noventas a vivir en Vitacura, dirigir estamentos públicos, llorar públicamente la tragedia de la dictadura y a tener loza radiante y agua filtrada para tomar. Pero Teresa no ha sido tan inteligente ellos. Desde la adolescencia que se droga para no aburrirse, dice. Partió con la marihuana en un colegio laico del barrio alto recién retornada a Chile y terminó con el crack en la universidad de Barcelona, cuando se consiguió una beca gubernamental para irse a estudiar Artes. Dice que la metieron muchas veces a rehabilitación mandándola a Suiza, Alemania, Noruega, hasta en Quilvo con las monjitas, pero nada. Era una drogui perdida. Cuando sus papás se cansaron de andar paseándola de centro en centro para rehabilitarla, prefirieron dejarla a su suerte en el sanatorio menos ordinario de Chile, que les costaba bastante más barato que los otros y que los hacía sentir menos culpables, porque la tenían cerca de su trabajo en el ministerio de cultura, que queda cerca del centro de la ciudad y a pocos kilómetros del sanatorio.
Y aquí está, comiéndose las uñas hasta sacarse sangre, tratando de recordar palabras en italiano, fumando conmigo en un escaño de piedra del patio, mientras me pregunta si lo que escribo es sobre ella. Yo le digo que no.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario