15 febrero 2014

Capítulo 1. Notas desde el sanatorio. Extracto.

Los remedios –antidepresivos inhibidores selectivos de neurotransmisores ISRS ISRD ISRN IRSN IRDN, antidepresivos IMAO, antidepresivos tricíclicos, ansiolíticos de todo tipo, estabilizadores del ánimo de todo tipo, antipsicóticos típicos y atípicos, hipnóticos- que nos suministran por vía oral, los entregan en pequeños vasitos de plástico a las horas correspondientes. Las internas más mamonas les llaman chubis, lo que me parece de un infantilismo insufrible para nuestra situación. Muchas veces no tenemos idea de qué nos dan, pero lo tragamos sin preguntar. Las enfermeras son reacias a compartir información externa y nos miran a todas con cara de huevonas maternales. Me dan ganas de explicarles que no soy imbécil, que tengo más años de estudio que ellas, que no soy una mongolita como creen, pero siempre estoy tan dopada que no me salen palabras convincentes de la boca. Ellas ya cacharon hace rato que mi tratamiento de antidepresivos hizo algún efecto, porque ya no soy la zombie suicida que escribía poemas en las paredes. Aunque saben que el clonazepam durante el día y la zoplicona durante la noche me mantienen en un estado de estupidez absoluta que les permite seguir mirándome con cara de huevonas maternales, con cara de lástima solidaria. No me puedo defender, mierda. No puedo hacer nada para evitar que me acaricien la cabeza con sus manotas curtidas de tanto lavar potos con algodón y agua. Yo nunca tuve una mamá como ellas, gorda, con olor a fritanga, que se pasara toda la mañana revolviendo ollas, que cosiera ropa, que abrazara profundamente con sus brazos blandos, que mantuviera la casa tibia, que acariciara mi cabeza con sus manotas embrutecidas. Nunca la tuve y no necesito tenerla aquí en el sanatorio. Que las enfermeras se vayan a hacerle cariño a las loquitas del Peral, mejor.

Úrsula Starke 2014

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