01 marzo 2013

Cartas desde el sanatorio (work in progress)

Vestidos confeccionados por internas del Clarinda State Hospital, IA. Fotografía de Christopher Payne de su libro Asylum. Fuente: http://www.asylumbook.com/index.cfm




Quiero compartir con ustedes dos fragmentos del libro en el que trabajo ahora. Sin ánimo de justificar el texto, le cuento que es narrativa. ¿Novela? No tengo idea.Es probable que siga sufriendo mutaciones dramáticas con el tiempo. El asunto es que después de muchos años estoy refeliz con el proceso de escritura. Ya, no les cuento más, porque es de mala suerte. Ojalá tengan ganas de esperar el libro publicado.

1

Mi mamá me dijo que en la casa no podían inspeccionar si me tomaba las dosis correspondientes de medicamentos en los correspondientes horarios: mañana, tarde y noche. En la mañana, tres pastillas para despertar y borrar las huellas de una noche maléfica. En la tarde, tres pastillas para seguir despierta y no ahogarme con la lengua mientras recitaba poemas. En la noche, tres pastillas para ir sin culebras a la cama. Me dijo que hace meses nadie en la casa dormía de corrido, pendientes de que cualquiera de los ruiditos nocturnos -crujidos del techo, lauchas histéricas- fueran indicio de que otra vez me estaba colgando con los cordones de las zapatillas Converse al fierro de la cortina del baño. Me dijo esto mientras yo la miraba desde la puerta de calle con la mochila de campamento llena de cosas que ella misma había puesto dentro, un par de manzanas verdes, mi ropa de invierno, mi ropa de verano, el álbum de fotos de mis perros, los libros fotocopiados de la universidad, Santos y falsos santos de la colonia, La expresión americana y uno de Derrida que nunca entendí. La mañana no terminaba nunca de aparecer, el mismo cielo apagado, la misma luminosidad de humo, el mismo frío de mierda. (...)


2

 
           Creo ser la loca más letrada del sanatorio. Pero no considero que haber ido a la universidad sea positivo para mi estado mental. Conocer la trampita de Freud complica mucho mi percepción de las cosas.
El asunto es que no hablo con mis demás compañeras, a quienes tampoco parece inquietarles mi presencia. Acá la estadía se paga. A los loquitos pobres los internan en hospitales públicos donde a todos les meten fluoxetina, sin importar el diagnóstico que tengan. Antes de que mi mamá botara la toalla conmigo enferma en la casa, me llevó al consultorio para que me ingresaran al Auge, porque comprar los remedios en la farmacia todos los meses destruía el presupuesto familiar y no quedaba plata para sus cigarros importados. En el consultorio, que bien podría haber sido una escuelita básica rural por lo humilde, me atendió un doctor extranjero de acento indescifrable. Me dijo que el fármaco que yo tomaba hace años, la venlafaxina, no estaba dentro de los antidepresivos que daba el consultorio, por lo tanto, debía cambiarlo por la famosa fluoxetina si me iba a atender en la salud pública. O sea, antidepresivos de última generación en la salud privada versus el antidepresivo del pueblo, el mismo para todos, le sirviera o no le sirviera. No volví a ir al consultorio.
Mis compañeras de pabellón no dicen qué diagnóstico tienen si les pregunto. Supongo que todas son adictas, por eso les avergüenza decirlo. Los trastornos de la personalidad no son necesarios de contar, porque se notan a leguas. Los trastornos del ánimo se consideran enfermedades más poéticas, de gente letrada. Las esquizofrénicas están en otro pabellón, el más cercano al cementerio general. A ellas las puedes reconocer en el patio por la cinta roja que les ponen en el brazo, para que nadie les convide cigarros. Los doctores temen que la esquizofrenia se transmita a través de la saliva. (...)


2 comentarios:

  1. revisa el primer párrafo... en dos renglones reiteras la misma palabra.... lo cual desde el comienzo afea el texto

    ResponderEliminar
  2. Gracias por el comentario, pero la repetición es a propósito. En algunos textos las reglas de la buena redacción no son tan necesarias, más cuando la propuesta narrativa que hago se fundamenta en una desprolijidad por parte de la protagonista-escritora.
    Es más, esa sensación de fealdad es, precisamente, la intención.

    ResponderEliminar