24 marzo 2012

La censura y el mediador de literatura infantil

Artículo redactado como ejercicio  del Diplomado de Fomento de la Literatura Infantil y Juvenil.

Pareciera que este asunto se encuentra muy lejos de los hábitos de la sociedad actual, más aún viviéndo en un país en el que se inculca que hubo censura y represión, pero que ya no más. Indefectiblemente, la censura es una práctica que está presente en muchos actos de la vida de las personas sin que se tenga conciencia cierta de ello, y los mediadores de la literatura, por muy progresistas que se declaren, no están a salvo.
 
La censura, en este caso la literaria, es una actividad que, quiérase o no, se puede ejercer. La diferencia está entre la censura oficial, aquella que proviene de órganos de poder de diferentes tipos, ideologías y contextos, que se proclama mediante decretos, ordenanzas, leyes -desde el Tribunal de la Santa Inquisición de la Iglesia Católica sobre libros heréticos, hasta la censura del gobierno de Carlos Ibañez del Campo en contra la premio Nobel Gabriela Mistral o las autoridades que consideraron “Los viajes de Gulliver” como anti-guerra y anti-colonización- y la censura no oficial, aquella que se ejerce tácitamente por protocolos o acuerdos, en ámbitos restringidos o delimitados, en determinados círculos culturales e incluso en el núcleo social más pequeño, la familia.
 
En ambos casos del ejercicio de la censura sobre obras literarias, existen sendos entramados argumentales para justificar la prohibición de cierto libro a cierto lector, en este caso, a los niños. En esos entramados se pueden hallar diversas fuentes contextuales, ya sean religiosas, políticas, morales, y al mismo tiempo que prohiben obras y autores, promueven otras que se acercan al fomento de los valores que componen el corpus ideológico del órgano de poder. Es decir, la censura consta de dos momentos, la prohibición y la imposición.
 
El ejercicio de la censura se compone de dos actores: el que la ejerce y el que la recibe. En cualquier caso, ambos actores habitan dentro de contextos sociales que van a influir en el sentido que le den al acto de ejercer la censura y a la experiencia de recibirla. Por ejemplo, para un padre puede resultar una obligación moral velar por la formación cristiana de su hijo al censurarle la lectura de “Harry Potter”, debido al contenido y la promoción de la brujería y, por ende, del satanismo (argumentos para la censura del libro en Texas y Toronto[1]) y para el niño puede significar un acto necesario, porque todo su entorno social avala esa censura y no existe en su ambiente ningún agente que ratifique como positivo el acto contrario.
 
En esta línea, el papel del mediador debiera ser el puente entre un lector y su libro y ese acto siempre se verá coaccionado por múltiples factores contextuales, tanto del mediador (recepción), como del libro (producción) y del lector (recepción), por lo tanto se transforma en un papel acosado permanentemente por los delicados límites entre la recomendación y la prohibición o censura. El acto de censura considera a los lectores niños con perfiles unificados, es decir, anula las capacidades individuales de elegir y preferir, porque el concepto de niñez que manejan obedece a la férrea idea de pensar “a los niños como arcilla que vamos a modelar a nuestro antojo, ya sea para un proyecto individual, ya sea para una utopía colectiva”[2]. Esta idea de Marcela Carranza puede aplicarse a los dos momentos de la práctica de la censura, la prohibición y la imposición. Si se prohibía a los niños la lectura de “Un elefante ocupa mucho espacio” de Elsa Borneman durante la dictadura argentina de los años 70, se impulsaban libros que mantuvieran en los niños la idea de un status quo que no permitiera la proliferación de la “pesadilla subversiva”.
 
El mediador no puede abstraerse de su contexto ni de sus gustos personales a la hora de poner un libro en las manos de un niño. Pero, si tiene claro que su papel no es el de un censurador ideológico o religioso, podrá ofrecer al lector infantil una gama de obras que puedan gustarle sin que ello signifique estarle negando otras. Se está de acuerdo con que el acto de la censura viola el derecho fundamental de libertad del niño en cualquier contexto, pero también se está consciente que existen gustos, etapas y preferencias que el niño posee y que deben tenerse en cuenta a la hora de recomendarle un libro. Por lo tanto es fundamental, en primer lugar, que el mediador tenga una propuesta determinada –por ejemplo, que va a enseñar libros sobre un tema o un personaje específicos- y que se posicione dentro de su espacio mediador –la escuela, la biblioteca, el hogar- para entregar las recomendaciones indicadas. Puede surgir de inmediato la pregunta, ¿existen recomendaciones indicadas? Bien, la realidad en la que se está sumergido actualmente delimita las propuestas y el espacio del mediador, pero sin que de inmediato se estime como un hecho negativo, debe enterderse como un contexto a explotar. Por ejemplo, en Chile, en la escuela se dan a leer libros obligatarios que corresponden al Plan de Lectura Complementaria emanado desde el Ministerio de Educación. Mirado desde distintos puntos de vista, puede significar que el Estado impone, de alguna manera, la lectura de ciertos libros que remiten a valores, ideas y configuraciones de mundo específicas. Si este espacio no puede intervenirse más allá de esta normativa, es preciso entregarle al niño otros espacios donde pueda entrar en contacto con más formas de lectura, como la lectura por elección propia. En esta instancia debe hacerse presente el hogar o la biblioteca pública, para que el niño conozca que hay más libros que los pesadamente obligatorios de la escuela. El mediador del hogar o la biblioteca deberá tener presente este hecho y será necesario que le presente al niño el mundo fuera de la norma o que, también, extienda la norma hacia el placer estético sin presiones.
 
         Quizás no exista nada más cruel que decirle a un niño “no leas eso”. Este mandato puede matar para siempre el ansia de exploración literaria de un niño. La idea que debe prevalecer es que al niño no se le prohiba nunca su encuentro con un libro, si no que el mediador esté siempre presente para poder ayudar y guiar esa lectura para que la mediación no se transforme en una censura.


[1] “Harry Potter vence a la censura en EEUU”. En Diario El País, http://elpais.com/diario/2000/10/29/cultura/972770403_850215.html. Cruz, Pablo. “Caza de Brujas: la censura en la literatura infantil”. En Revista Babar, http://revistababar.com/wp/?p=49.
[2] Carranza, Marcela. “La literatura al servicio de los valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura”. En Revista Imaginaria, http://www.imaginaria.com.ar/18/1/literatura-y-valores.htm.

5 comentarios:

  1. Interesantísimo tema; se me hizo breve el ensayo quizá por lo mismo, porque hay mucho que decir.

    Creo que la censura en la literatura infantil tiene dos grandes frentes. Por un lado, el que más mencionas, el de un grupo de gente que por factores contextuales (generalmente, de índole religiosa o moral) cree perjudicial la lectura de determinada obra. Pero por otro lado está también la de un grupo de gente que desestimaría la lectura de obras por motivos estéticos, grupo en el que me siento muy identificada. Ambos extremos son peligrosos, por supuesto.

    Uno siempre tiende a ver a los niños como maleables a voluntad, cuando nuestro rol adulto en estos casos debiera ser sólo de fomento y estímulo constante. Por supuesto que me gustaría que mis niños (alumnos, parientes, ¡los niños que sean!) leyeran a Roald Dahl, a Michael Ende, a J.R.R Tolkien y a C.S Lewis en lugar de las vacas sagradas -y bien fosilizadas- del género en Chile o de algunas obras nuevas como la saga de Julito Cabello. Pero al final yo sólo puedo darles la opción a ellos para que elijan.

    Me hizo acordarme de una cita del Dr. Seuss, que decía algo así como que un niño era siempre una persona, sin importar qué tan pequeña fuera. Y ser una persona implica tener ciertas libertades. ¿O no sería sumamente entretenido discutir con un niño por gustos literarios que no concuerden? :D

    Por cierto, te invito a sumarte a la discusión sobre una entrada que hice en mi blog sobre algunas opiniones prematuras sobre el fomento lector en Chile, a partir de mi sesgada y prejuiciosa experiencia personal. No quiero poner el link porque sería un poco spammer, pero me interesaría mucho conocer la opinión de alguien que tiene estudios en el tema :) Si te interesa, date una vuelta. ¡Gracias!

    Saludos.

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    1. Alejandra, como siempre, gracias por darte el tiempo y el trabajo de leer y opinar en mi blog.
      Estoy de acuerdo contigo en casi todo lo que dices, excepto en que sí defiendo a Julito Cabello, porque es lectura entretenida porque sí y ayuda a acercar a los más reticentes al gusto por la lectura. En estos casos, le recomedaría mil veces Esteban Cabezas antes que Ende. Claro, jamás a Neva Milicic -con todo respeto-.
      Pero bien, es discutible el tema si pensamos en cuánto de nuestra propia experiencia estamos imponiendo inconcientemente a un niño o joven.
      Ahora voy corriendo a tu blog. Espero que no sea muy tarde!

      Un abrazo!!!

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  2. Muy interesante y amplio tema. Atendiendo la provocación que abre Úrsula quiero proponer que la relación acrítica con un determinado canon puede convertirse en una forma de censura.

    Entiendo que un canon literario es un mecanismo para incluir –y, por ende, excluir- un conjunto de obras consideradas más que otras. ¿Más qué? Más importantes, representativas o típicas, trascendentes, coyunturales… incluso más “literarias” que otras. Una de las posibilidades del canon, una muy frecuente, es constituir un culto a la tradición. Werner Jaeger, en su ya clásico libro Paideia, se refiere a esto. Cito al intelectual alemán:

    Los griegos posteriores, al comienzo del Imperio, fueron los primeros en considerar como clásicas, en aquel sentido intemporal, las obras de la gran época de su pueblo, ya como modelos formales del arte, ya como prototipos éticos. En aquellos tiempos, cuando la historia griega desembocó en el Imperio Romano y dejó de constituir una nación independiente, el único y más alto ideal de su vida fue la veneración de sus antiguas tradiciones (Jaeger, 1992, p. 12).

    Hay un momento concreto en que esto ocurre, es el llamado período helénico, el momento posterior al clásico, en que surge en Alejandría un nuevo tipo de oficio: el crítico literario. Los críticos (kritikoí), con su “vara de medir” (denominada kanón) seleccionaron a unos autores y los incluyeron en sus selecciones (enkrítentes); correlativamente, eliminaron a otros por “indignos de figurar en ellas”. De esta manera surgen los autores de “primera clase” o first class, los classici.

    Entonces, al hablar de obras de primera y de segunda clase, podemos entender el canon como un “sub–discurso hegemónico sobre la literatura en una determinada formación económico–social que contrasta con otros sub–discursos catalogados de subalternos (desplazados, marginados o subyugados) (Villegas, 1984 y Pinto, 1990)”. Sigo a estos autores cuando proponen que el canon está compuesto por tres dimensiones:

    a. Catálogo de obras y/o autores. El canon como catálogo de obras y/o autores determinado por la institución literaria para ser leí dos como auténticamente literarios, lo cual los convierte en un objeto privilegiado de lectura y estudio.

    b. Modelo o tipo ideal. Las selecciones de obras y/o autores catalogados como canónicos "ilustran" determinadas categorías literarias y/o extra –literarias, y constituyen modelos de imitación/socialización que cumplen una determinada función social.

    c. Precepto o decisión. El canon como precepto implica el establecimiento de criterios sobre los cuales se basa la inclusión/exclusión en el canon literario.

    De esas dimensiones hay una que justifica mi alusión a la noción de canon: cómo se construyen, culturalmente, objetos privilegiados para el estudio, en otras palabras, cómo se inserta la literatura en el aula y qué justificación tiene esta operación; pero, aún más importante si cabe, ¿de qué índole es esta justificación? Creo que cuando esta inclusión es de índole exclusivamente literaria, y no dialoga con la índole didáctica (hablo como profe y no necesariamente como animador o promotor de lectura), se activa esa delgada línea a que hace referencia Úrsula.

    Por cierto, alguna vez que leía con estudiantes de 12 o 13 años "El retorno del rey" y "El hobbit" propuse como estrategia un juego de rol. Por sorteo (dados) una niña fue favorecida para la aventura con un magnífico Leviatán. Tanto el juego como Tolkien fueron censurados, desde algunos hogares, por ser expresiones "satánicas". Como es notorio y ya se ha dicho, el tema es complejo y tiene mucha tela de dónde cortar.

    Buenísimo el blog. Aunque apenas participo hoy lo sigo desde hace un buen rato.

    Gustavo, desde Cali, Colombia.

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    1. Ay, Gustavo, qué pedazo de comentario! Me siento honrada de recibirlo en mi blog.

      Justo hablábamos con una amiga sobre la gente que visita los blogs siempre, pero no deja comentarios por apatía. Bien, nadie está obligado a comentar en un blog, pero a uno como autor le gustaría que de vez en cuando pasaran a dejar un saludo.

      Usted ha quedado saldado con su comentario.

      Yo no soy especialista en crítica literaria ni manejo muchos recursos al respecto, pero me ha dejado muy bien informada con respecto al cánon, una palabra que se utiliza a cada rato pero no se conoce tan bien.

      ¿De verdad que le censuraron a Tolkien?

      Y si le interesa el tema de la LIJ, lo invito a visitar mi otro blog. http://blogblij.blogspot.com

      Me gustaría destacar lo que usted menciona al paso sobre la diferencia de criterios entre un mediador y un profesor. No se imagina lo mucho que hemos discutido ese tema.

      Por ahora no puedo más que darle las gracias por tomarse el tiempo de comentar.

      Un abrazo apretado desde Chile.

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  3. Respuestica rápida sobre ese tema que han discutido tanto. Una profe (me siento cómodo con este apócope) de argentina, Edith Litwin, señaló en un muy buen texto que la evaluación llegó a convertirse en algo patológico. Es decir, que (también coincide esto Antanas Mockus) pasó de ser un indicador y se convirtió en criterio de currículo. Es como si la evaluación fuera consustancial a la escuela, al dispositivo escolar. Y tiene tal prestigio que a veces consigue oscurecer o obnubilar todo lo demás, por ejemplo cosas tan importantes como el deseo del estudiante o el sentido que posee realizar tal o cual actividad. En ese terreno el examen es el instrumento más pesado, el que determina quien "sabe" o "no sabe". Y el más peligroso, porque crea la ilusión de que se sabe o que no se sabe algo. De ahí a las acreditaciones, sistemas de aseguramiento y normas ISO hay un puente (no una delgada línea).

    Creo que los profes tenemos que "lidiar" (y es mejor que lo hagamos creativa y honestamente) con la evaluación entendida en ese sentido y la calificación. Por su parte, los animadores y promotores, aunque también formadores, no están amarrados por eso. No tienen que entregar notas a cambio de algo. Se entregar. Dan de leer, como dice Ana María Machado. Pero, tristemente, incluso ellos se ven afectados por la relación patológica, cambiaria o bancaria, con la nota a cambio del hacer académico. Y es incómodo.

    En fin, pienso que todo buen docente ha tener formación como animador y promotor de lectura, saber de qué se trata eso, delimitar los campos, hacer "salidas de Teseo" y volver enriquecido a su aula.

    Por lo demás, ilustre bloguera (¿se dirá así?), en estos tiempos líquidos y vertiginosos, tu blog es un faro y un recurso valioso para muchos que, como yo y mis pares, estamos en esta recia vía de la educación. Ahí dejo las ideas que se me ocurren ahora, así, después del almuerzo y con música salsa de mi vecina pues es feriado en Colombia. Sigamos conversando sobre el asunto. Me interesa conocer los argumentos del tema que aludimos.

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