En el documental "Nostalgia de la luz" (2010) del cineasta chileno Patricio Guzmán (1941) el pasado es un argumento que debe elaborarse desde el
presente, de la misma manera como los astrónomos reconstruyen el
principio del universo en las luces de estrellas que han desaparecido
hace millones de años. Desde el bellísimo contrapunto entre el campo de
la astronomía y el campo de la memoria colectiva, se asiste a un
documental espontáneo que fluye naturalmente en su visualidad
desafectada y límpida, como el cielo siempre transparente del desierto
de Atacama. En un paisaje tan conmovedor y profundo como ese, la cámara
captura la esencia de la soledad suprema del hombre frente a la
naturaleza absoluta o del hombre frente al recuerdo absoluto, ambas
situaciones como cargas irrevocables de la existencia.
Toda
la meticulosidad humana del astrónomo tratando de apoderarse del
misterio del universo, hurgando en los cuerpos celestes el origen del
hombre en un pasado tan lejano que angustia de solo empezar a
dimensionarlo. En un mismo espacio, el desierto de Atacama como el lugar
de la borradura, los científicos habitan junto a las viudas, las
hermanas, las parejas de detenidos políticos de la dictadura que aún
permanecen desaparecidos y de quienes el único rastro que se tiene es
ese desierto. Con pala en mano, recorren la tierra más árida del mundo,
hurgando entre las cárcavas los huesos de sus hombres, minúsculos
rastros de un pasado tan cercano que duele.
La
banda sonora de Miranda y Tobar se une a las imágenes otorgándole la
cadencia y emoción necesarias para lograr el efecto inspirador del
documental.
Patricio
Guzmán evidencia que la memoria de Chile es esa borradura insoslayable,
una especie de cojera, de destiempo que no solo se padece en la
dimensión personal si no que se hereda como tara congénita de la patria.
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