06 julio 2010

Todo fluye, dicen.

Creo que voy a ser como Saramago. Por el talento? Por la magnitud? Por su obra? No, ni cerca voy a llegar. Lo digo porque publica su primer libro en 1947 y pasa veinte años sin dedicarse a la literatura, simplemente porque no tenía nada qué decir.
Mi poesía soy yo: yo soy el principio y el fin de cada cosa que escribo porque soy mi más grande obsesión (yo solo las cosas que obsesionan inspiran). Soy mi karma, mi motivo, y nada tengo que hacer ya para negarlo. Poder relacionarme conmigo primero para relacionarme con el mundo es para lo que estoy en la tierra, y no lo digo irónicamente. Y como en este momento del camino estoy en paz con la subjetividad, no me queda más que callarme.
No sé si me explico. Es que ahora quiero hacer lo que me da la gana. Quiero reconciliarme con el verso que soy yo e incorporar el aprendizaje al texto, o hacer texto el equilibrio y la sanidad. Me siento muy digna desarrollando mi escritura ensayística universitaria y pretendo quedarme así hasta ser más que digna.
Solo cuando yo quiera volveré a dejar ver la poesía. Lo demás es vicio. Argucia. Mejor a cara lavada.

P.D: La imagen del post anterior es un detalle de Theodor de Bry en Americae. El de este post es William Hogart retratando a Mary Edwards, a la que elegí por los objetos: papeles, bustos y perro. Todo lo que ahora me hace feliz.

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