25 marzo 2010

Réplica



El terremoto abrió grietas, en la pared, en el suelo, en todos los lugares que no estaban en condiciones de soportar el brusco movimiento. La experiencia del pánico absoluto, del miedo total a lo que no se puede controlar, me ha dejado en un estado de vulnerabilidad tal que por mis antiguas y nuevas grietas han salido las penas crónicas a flote.
El terremoto, hermanos míos que afortunadamente no lo vivieron, es una experiencia devastadora aunque en la casa no se hayan movido ni los vasos. No hay salida. Te quedas en pelotas frente a una naturaleza avasalladora que no admite dominio, que por mucho que nos pasemos la vida entera analizándola en los laboratorios la explicación es, finalmente, una: es inasible.
Te da un poco de impotencia. Te empiezas a cuestionar el sentido de tanto esfuerzo, de tanto estudio, de tanto trabajo en pro de un existencia imaginada, en un mundo imaginado. Porque la naturaleza cada tanto nos recuerda que la realidad es otra, una en la que no existe nada de lo que tenemos por propio, por único, por estable. Bueno, eso da impotencia.
Muchos filósofos reflexionaron sobre la angustia de vivir, sobre el miedo a morir como el motor fundamental del comportamiento humano, ideas que se nos hacen tan presentes en crisis como estas, profundas, colectivas, pero muy personales.
Las réplicas se siguen sintiendo y no tienen gradación en Richter ni Mercalli.

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