02 marzo 2010

A poco andar

He crecido con historias sobre terremotos y maremotos, desastres y desolación en este país. Desde la crónica de la Teresa Wilms Montt sobre el terremoto de Valparaíso de principios del siglo XX, hasta las historias de mis abuelos del terremoto de Valdivia (el más grande de la historia desde que comenzaron los registros) y las noches que se pasaron durmiendo a la intemperie por miedo a los derrumbes; o los relatos de mi madre del terremoto del 85 cuando yo a penas tenía 3 años. La destrucción total, el caos, la desesperación están dentro de la historia de este país tan presentes como arraigados en las almas de los chilenos desde el nacimiento, pero hasta el momento en mi propia historia, así como en la de millones, solo eran relatos de otros, vivencias de otros, aún nada experienciado. Hasta la madrugada del sábado 27 de febrero.

En mi casa estábamos todos, excepto mis hermanos que viven en Buenos Aires, durmiendo tranquilamente hasta las 3.35 am, cuando despertamos de golpe. Lo que empezó como un común temblor ya no lo era y nos obligó a saltar de la cama rápidamente hacia el marco de la puerta, reacción instintiva en esta patria. Sin embargo, el pánico se apoderó de mi cuando los segundos pasaban y el movimiento era tan fuerte que ya nos hacía repetir “es terremoto, es terremoto”. Una mezcla de impotencia y angustia que me enfrió todo el cuerpo. Tantas cosas que pasan por la cabeza en pocos segundos. Necesitaba salir, me iba a desmayar y tenía que sentarme, pero el ruido espantoso y profundo de la casa entera crujiendo, de la tierra entera con estertores nos impulsó ha escapar al patio en una clarísima noche de luna llena. Afuera todo vivía. El cielo se iluminaba con relámpagos artificiales y podíamos ver cómo los árboles se sacudían con rabia. Ni siquiera me salía la voz para poder gritar o llorar o decirle algo a mi mamá. El movimiento era tan fuerte, tan violento, tan brutal. En medio del patio me tendí de espaldas con mi hermano a los pies y el cielo brillante sobre mí, en un momento de absoluta surrealidad, sobre una tierra que me era ajena, que no me reconocía, que nos rechazaba a todos. “¡Ya está parando, ya está parando!” gritaban y lentamente la razón volvía a nuestras cabezas. Me sentía tan mal que seguía tendida en el suelo con las piernas es alto para evitar desmayarme mientras mi mamá, la estoica, la firme, me suplicaba que me parase para abrazarme porque temblaba entera. Mi primo gritaba desde la casa del lado si estábamos bien, alguien gritaba en alguna casa, los perros ladraban y la tierra no dejaba de moverse.

No había luz, pero había luna. Mi pololo buscaba la linterna y mi cuñado comenzaba a aferrarse a su celular para comunicarse con su familia mientras a pie pelado recorríamos la casa en busca de velas, de los celulares, de cualquier cosa. No nos había pasado nada, la casa seguía intacta y solo dos vasos y un posillo terminaron quebrados. En la calle a nadie le había pasado nada. Ni siquiera nos imaginábamos lo que podía haber ocurrido en la sexta, séptima y octava región, kilómetros al sur. Jamás hubiéramos pensado en un tsumani, en ciudades enteras desaparecidas, en los muertos, en el ese momento tan sereno para nosotros.

A tres días del desastre, ya enterada de todo el infierno, me siento culpable de estar bien, de tener a mi familia viva, de mi casa parada, de mis amigos sanos. Ante toda la muerte y destrucción, lo que me ha ocurrido es superfluo. Hemos vivido un terremoto que es también un quiebre total en la vida de cada uno, de todo el país, una fisura irreparable en la forma de ver la vida, en nuestro talante oscuro y deprimido que nos hace ser lo más tristes del continente. Cuando se nos mueve la tierra de tal manera se nos mueve la base de la existencia que siempre ha sido la firmeza del piso sobre el cual estamos parados. “Pon los pies en la tierra”. La tierra es nuestro principio. Y esta tierra ahora nos demuestra que tal principio es absolutamente inasible.

2 comentarios:

  1. Traslado, con tu permiso, la emoción que sentí al leer esta nota, a los lectores de mi blog. Estoy seguro que la emoción que siento se multiplicará por miles y miles y también el abrazo fraterno, de hermanos.
    Sergio.

    ResponderEliminar
  2. Siempre certera amiga, que más puedo decirte.

    Un abrazo

    ResponderEliminar