16 julio 2009

HAY UNA GOLONDRINA DE COLORES EN EL VACÍO


(Acercamiento a la obra de Lukó de Rokha)

Por Úrsula Starke


“No imitar a nadie,
escarbar en la propia necesidad
hasta que salga sangre.
Siempre en la sangre
hay buenos rastros de pintura.”
[1]
Lukó de Rokha


En el espacio de mi invierno, solo hay escalas de grises y salpicaduras de musgo. Se abre un claro de sol en el cielo y la luz confusa evidencia la amargura del paisaje: muro de ladrillos viejos, árbol descarnado, barro y hojas a medio pudrirse. Es el panorama desde mi ventana de la estación.

A la hora de las descripciones, no hay más realidad que esta, la gris, que a ratos me parece perpetua. Como si la llevara de facto. Me cuesta planear otra idea. Eso lo sabe, en esta triangulación de encuentros, mi amigo Alejandro, quien siempre trata de ponerle un poco de entusiasmo a mis palabras. Así fue como me presentó los cuadros de la Lukó, rebosantes en estrategias de colores, todo lo que a ella le sobraba y que a mí me faltaba. Y desde que lo conozco, hace un decenio, me insistió que fuera a ver a Lukó, hija de Pablo, esposa de Mahfud, quien era pintora y vivía en Diagonal Paraguay. De alguna u otra manera, fui aplazando la visita con evasivas temporales, hasta que me hicieron sentido los verbos en pasado. Lukó había muerto.

Ocurrió un día frío, gris. Como si Lukó se hubiera llevado la paleta de todos los colores junto con ella. Entonces, ya no valían los arrepentimientos. Simplemente nunca fui a conocerla.

Pero un año después, con la pena del invierno a modo de slogan, me encuentro nuevamente con los últimos cuadros de Lukó y entiendo, perfectamente, porqué no haberla conocido en persona no es desconsuelo: ha dejado sus colores, sus personajes maravillosos y despojados, su pulso resplandeciente, de los que me apropio como una indigente, porque es la única fantasía que conozco.

“Durante largo rato oprime nuestros sentidos, hasta que están por estallar, y luego nos envuelve en un mundo fantástico, poético, subreal, etéreo, donde morimos y volvemos a la vida ante un espectáculo de luz esplendente de caricias, de sueños, de indescriptibles sensaciones. Ignorábamos que las obras de Lukó encerraran tan maravillosas sorpresas”
[2]


El cuadrante cubista de su dibujo pictórico es suave y deja que las figuras se multipliquen a sí mismas en diversas dimensiones del sentido. No hay nunca una sola caída sobre el cuadro, sino muchas, como cuando en un sueño soñamos que soñamos y sabemos que es sueño. Las imágenes se suceden hacia atrás y hacia delante en una delicada espiral.

De pronto, toda la umbría de mi paisaje invernal (físico y psicológico) se colorea y salen desde los muros golondrinas revoloteantes que no son negras ni azules, sino de pigmentos oleosos indescriptibles. Justo en el centro del pecho se me abre una mariposa que jamás había imaginado. Ahora sé porqué debí haber conocido a esta mujer entre poetas.

Su pintura fue admirada en varios países. Ella nunca le negó a nadie la visita a su casa. Prefería, eso sí, a los artistas jóvenes y emergentes, porque eran ellos quienes tenían una energía más natural y combativa. La responsabilidad social heredada de sus padres la llevaba en la sangre y le era inherente a su manera de pensar y, por lo tanto, a su obra.

“Es verdad que mi familia estuvo siempre comprometida con los ideales de izquierda, y yo estoy con esos ideales no sólo por herencia familiar sino por convicción. No me parece que la justicia, la libertad y la democracia sean utopías, creo en el futuro, creo en el potencial de los pueblos, que aunque pueden tardar en reivindicarse, sé que llegarán a ocupar el lugar que les corresponde en la historia.”
[3]

En el trazo inocente del dibujo, la línea valiéndose por sí misma, Lukó transforma al color en movimiento transparente y las figuras se reconocen: Los abandonados, La Novia campesina, La vendedora de sueños. El espacio se vuelve tan real como posible. En La alambrada se ve a Lukó añorar el país perdido, desde la distancia, enviando a una golondrina mensajera a acariciar a sus compañeros engrillados. El solitario es un mendigo que recoge una paloma mágica desde la vereda. Los Pájaros de la Infancia juegan con la falda de la pequeña Lukó y se enraízan a sus cabellos para no dejarla jamás.

A ella jamás le interesaron los discursos oficiales, las críticas amparadas en los medios del poder. Su obra era producto de un sistema de necesidades y convicciones que dependían de un trabajo arduo. Le interesaba, antes que todo, el aplauso espontáneo de la gente espontánea. Como a Pablo, la tribuna nacional le fue indiferente y esquiva, porque no calzaba con los cánones de los falsos modales de avanzada. No había pegatinas en sus cuadros ni descotes en sus maneras.
Lukó solo quería pintar.

Ella traía a pedazos la memoria de una madre muerta, de un padre y un hermano muertos, de un esposo muerto, de un hijo muerto. De un país propio asediado por fantasmas criminales. De un exilio injusto, de un retorno malagradecido.
Así y todo, la pesadumbre no le achacó sus obras. En ellas nunca dejó de experimentarse la esperanza.

“No solo rebeldía y audacia. Detrás de ellas hay una sensibilidad que se estremece en el color y las líneas del dibujo, fino y preciso, en que circunscribe su mundo de invenciones mágicas en permanente expansión”
[4]

A veces siento que hay una profunda brecha que nos separa. Un espacio de tiempo y estoicidad que me son desconocidos. Pero si me acerco a ella es porque su luz despierta mis más antiguos anhelos de permanencia en la fe.

Lukó en la vida dejó de ser fiel a su creencia. Pisaba fuerte el camino como Pablo, como Winétt. Y la poesía la rondaba como un angelito de la guarda. Aunque nunca la escribió, se dejó invadir por ella como quien se rinde ante un dios hermoso y tangible.

Al final, ella me ha seguido hasta aquí para hacerse presente en mi tiempo y espacio monocromo, como la imagen de una desconocida madre vernacular, con cabellos de hierba fresca y flores diminutas, abriendo sus brazos interminables de virgen austera, vestida de pedacitos de mariposas, recogiendo sus lágrimas y mis lágrimas en una fuente de greda con las cuales regar las plantas de colores del cosmos similar.

De mayo a septiembre la tierra se me hunde y me hundo con ella. Me escondo en una cueva de hibernación tan fría como los mausoleos. Pero a veces, en las tardes, abro el libro de Lukó y dejo entrar esos colores que no tengo, como recordando la apariencia mágica de las cosas, como ignorando un rato a la pena.
Gracias Lukó por la figura.

[1] Lavquén, Alejandro. “Entrevista a Lukó de Rokha”. Punto Final N° 524, 12 de julio del 2002. Gentileza del autor.
[2] Echenique, Cruz. Portafolio de dibujos, autoedición, 1987, Lukó de Rokha. Gentileza de Alejandro Lavquén.
[3] Lavquén, Alejandro. Loc.cit.
[4] Alfaro Siqueiros, David. Portafolio de dibujos, autoedición, 1987, Lukó de Rokha.
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1 comentario:

  1. Cada día da más miedo, positivo, tu crecimiento intelectual...

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