06 julio 2008

“I’m Not There”, La memoria como álbum

A propósito de la memoria, este ensayo de cine, el primero de los trabajos de la universidad que son dignos de subirse al blog.

Al abrir un álbum fotográfico las escenas se presentan ante nuestros ojos como flashback donde la memoria se remonta, con ayuda de las imágenes, a los momentos exactos de la toma. Pero no solo eso. También se vinculan momentos adyacentes, anteriores, posteriores, y el recuerdo se entreteje como en un gran telar mixto. La presencia pasada traída al presente por la imagen.
Esta película funciona como un extenso álbum fotográfico en movimiento, con la misma validez inenarrable de los recuerdos traídos a pedazos. Los momentos de la (s) vida (s) del (los) personaje (s) sucedidos en una cadena discontinuada y a ratos onírica. Pero, ¿son realmente sueños sus eslabones? Claramente no lo son. La estructura singular de la narración afirmada en la poesía obedece perfectamente a la mirada subjetivísima con la que su creador desea que se relacionen con su creación.
Dentro del mismo tema, se está hablando, a poco correr la película, de un o unos personajes públicos, famosos. Conocidos. Pero bajo ningún prisma –dentro de las seis distintas formas a través de las cuales se aborda el tema- se pretende realizar un documental apegado a los hechos sucedidos. Es, sin lugar a dudas y sin justificaciones de por medio, un collage limitado a la mirada del autor, en este caso, del director del filme. Cuando se entiende que la postura con la que se debe entender la película es la de "mi propia versión de los hechos" se logra entrar en un mundo individual y modificado. Un mundo que no es tanto las vidas de los personajes como la lectura de estas vidas del creador del filme.
El juego va más allá: la película no puede disfrutarse en su íntegro artilugio de tiempos y fisuras si no se acepta sinceramente cuál es la verdad, desde un principio. La verdad es que se está citando, de manera fidedigna y de manera discutible, pasajes de la abultada vida del cantante folk Bob Dylan. Pero esta verdad no sirve para intentar hilar en los distintos actores que lo parafrasean la verdadera vida de Dylan, en absoluto, pues los seis momentos que se turnan la pantalla son acerca de seis personas distintas: un poeta, un profeta, un fugitivo, un farsante, una estrella de la "electricidad" y una estrella del folk, todos disímiles entre sí, todos con distintos nombres y distintas vidas. No, el juego no es ese, pues si lo fuera solo tornaría difuso el intento de conexión y legitimación de la historia. La verdad sirve para establecer un cable a tierra: se está hablando de una misma persona, aunque las imágenes digan lo contrario. Sin embargo, solo sabiendo que puede tratarse de Dylan es que se justifica tal ilusión.
En el farsante, o embaucador, un superdotado niño recorre junto a su guitarra parajes campestres. Es el primer acercamiento, realista, verosímil. En el poeta, un joven que dice llamarse Arthur Rimbaud presta declaraciones en un mismo plano en blanco y negro que se mantiene salpicando la película. En el profeta, un documental periodístico van relatando la historia de un cantante que se transforma en evangélico, una vida pasada contada desde un presente ambiguo. En la estrella de la electricidad, un actor y su matrimonio, su paternidad, sus engaños y separación. En el fugitivo, la historia más irracional de todas, donde un viejo vive en un pueblo decadente fanático de Halloween. Y por último, la versión más relevante, la de la estrella de folk que viaja a Londres y se enfrenta a sus propios fantasmas, a sus propias contradicciones, sobre una atmósfera a ratos irreal, a ratos consistente, de la sicodelia de finales de los 60’.
Las seis historias se mezclan y nutren una trama que jamás se evidencia, pero que se da por sabida de antemano. Las historias nunca se topan, ni siquiera se rozan o intuyen, tampoco se prestan personajes o locaciones. Pero el montaje de estas, por muy aleatorio que simule parecer, a lo largo de las dos horas, padece de un ritmo común y soslayadamente cronológico. La infancia, la juventud, la adultez y la vejez se suceden no sin alteraciones y toda la propuesta se traiciona a sí misma en una corta escena del final. El último personaje en aparecer, el fugitivo, se topa en su propia historia con el primero, el farsante. El viejo con el niño. El presente con el pasado. Es aquí donde el círculo se cierra.
Sin embargo todo lo anterior, sí existe un hilo conductor que mantiene en algo aferradas las dispares narraciones. El personaje del inicio, de las escenas en blanco y negro, que aparece muerto, podría ser el principal protagonista. La personificación que más se asemeja al original. El mismo que al final, luego de su último discurso, mira fijamente a la cámara. Es ese gesto el que descontextualiza, como diciendo "al fin y al cabo soy solo una actriz y esta –y toda la película- es mi representación". Es ese gesto, tan real, el que sitúa – o des-sitúa- al espectador rompiendo la cuarta pared. Un gesto para nada antojadizo y sí muy necesario, porque quiebra el constructo mimético al que se aferra el filme, obligando a replantearse toda la película como una mentira, una bella mentira basada en hechos reales.
Puede que la vida de Bob Dylan haya sido, y sea, tan múltiple como la película la presenta. Puede que los distintos personajes sean en verdad las distintas caras que Dylan ha tenido a lo largo de su carrera. El problema está en que, quiérase o no, es imposible no remitirse al original a partir de las copias y es imposible no ver a las copias como originales en sí mismos. Fotografías originales de un tiempo pasado recobrado en la memoria presente a partir de las propuestas fragmentadas, como en un álbum de fotos, donde los momentos parecen fuera de contexto, desordenados, donde las personas parecen otras personas, que delata su procedencia y establece un solo punto de vista en seis paisajes de una sola vida.

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