23 marzo 2008

Un resfrío y Kant


A pocos días de volver a la universidad, ya debo enfrentarme a la siempre titánica tarea de comprender a Kant. Años llevo ya y juro que no lo he logrado.
Internarse en los meta lenguajes de la filosofía requiere una voladura de onda potente, una enorme capacidad de mirarlo todo desde arriba lo suficientemente agarrado de abajo, porque la idea es esa: estirar la mente sin dejar de mantenerla en la cabeza.
No puedo entender la complejidad lógica de Kant, pero sí comprendo todos los alcances semánticos que puede tener una palabra inserta dentro de un contexto poético. Será que lo sublime es más fácil que lo razonado? De seguro que Kant tiene una respuesta para esto.
Ahora, atacada por un dolor de garganta de esos que te dan ganas de vomitar a cada minuto, los fundamentos críticos de Kant se hacen aún más espesos, pegajosos, interminables como una madeja enredada. Cómo vivía Kant? Me pregunto. Porque si nosotros, los simples y llanos mortales que nos cabeceamos con la liviandad de los problemas cotidianos, somos a cada rato infelices, habrá sido más feliz Kant teniendo las respuestas a todas las interrogantes del hombre? O, se habrá preocupado siquiera Kant de si amar o no amar, si tomar té o café al desayuno, o de cuánto le dolía la espalda, cuando en su cabezota se revolcaban ideas tan trascendentales?
Bah, qué ganas de poder hablar ahora con Kant, cercionarme de su humanidad.
Y preguntarle, de pasadita, qué tomaba para el dolor de garganta.