06 marzo 2008

EL ALIVIO DE LA REALIDAD

Me pasé el verano trabajando, como cualquier mortal. Trabajando en un sitio bien pintoresco, un parque de diversiones, nada que ver con el poco "divertido" oficio de la poesía.
Mi primera impresión al salir de la burbuja "soy poeta, soy especial" fue, qué diablos, a nadie le importa quién soy ni que hago. Wow. Qué enorme descubrimiento. Pero es verdad, al 99,98% de los chilenos les importa un bledo la poesía y los poetas, pues tienen cien mil cosas más urgentes en las cuales invertir su tiempo. Y tanto me había dejado succionar por la intrascendencia del micro mundo literario chilensis que me esta creyendo el cuento, que la vida era esa, que mi vida era pasarme preocupada de lo que se teje en los aquelarres poético de ¿ciento cincuenta personas? y nada más. Pero hay todo un universo afuera en dónde nadie lee poesía.
Qué alivio, fue la segunda impresión. Alivio porque me estaba dando cuenta que no era nadie especial, nadie importante. Que mi trabajo es tomado en cuenta solo por las ciento cincuenta personas que escriben en este país (es una idea, digo) y que el resto de los vientitantos millones de compatriotas sudan la gota gorda cuando se suben al metro o intentan colarse en el transantiago y... nada más.
Cuando Parra dijo "los poetas bajaron del Olimpo" estaba equivocado: los poetas no viven en el Olimpo, sino que creen que existe un Olimpo donde emborracharse y drogarse es la última chupada del mate y, además, la sufren. Gracias a Dios todo esto es mentira, gracias a Dios a nadie le importo, gracias a Dios la poesía es una metáfora de sí misma.
Ahora, limpia de todo ideario fraudulento, puedo seguir haciendo mi trabajo tranquila y feliz, sin más preocupación que la de escribir lo mejor que pueda, disfrutando a concho lo que hago, tal como lo hacía a los trece años cuando me producía un enorme placer el sentarme sola en el living de mi casa a mirar por la ventana buscando inspiración en el dramatismo del otoño.
Lo demás es soberbia.