03 enero 2008

José Antonio Ramos Sucre

.
Encontrarme con la poesía de Ramos Sucre ha significado un acontecimiento de proporciones en mi vida literaria que, creo, tendrá repercusiones en el futuro. Gracias a Dios que no hemos leído lo suficiente, que no conocemos todo lo que debemos, es lo primero que pienso.
Bien, traté de leer hasta la mitad del libro antes de internarme en la información de su vida, pues no quería que su biografía interviniera en mi apreciación hacia su obra. No era necesario, sin embargo, buscar tanto dato. El solo hecho de leer limpiamente sus textos revelaba al autor a partir de las conclusiones que se podían sacar: muerte, desesperación, devoción enfermiza por la pulcritud gramatical y de estilo, soledad en su máxima expresión, acervo cultural aterrador, más, incluso, que el de Borges, entre otras cosas.
Aún no termino de leer todos los textos que componen esta maravillosa antología, no porque me falte el tiempo, sino porque enfrentarme a cada uno de ellos me ha significado un trabajo extenuante y fascinante. Su prosa poética no es extensa ni posee las circunvalaciones metafóricas de de Rokha; es exacta, redonda, perfecta. Espesa y clara como un gel, como la savia de los pinos. Es evidente el minucioso trabajo que realiza en cada oración, la estudiada posición de cada palabra. Todo lo anterior me obliga a releer una y otra vez un texto hasta descubrir la fórmula específica que utiliza para su composición. De ahí mi insistencia en la similitud de la poesía con el álgebra. Desmembrar un texto de Ramos Sucre me ha abstraído de la misma manera que a un matemático el resolver una ecuación de quinto grado.
La poesía de Ramos Sucre habita entre los paisajes medievales y mitológicos, plagados de ruinas, sombras y personajes misteriosos como en un cuadro de Caspar David Friedich. A pesar de esta situación histórica, sus textos son completamente atemporales, ageográficos, inespecíficos y, por lo mismo, de una universalidad conmovedora. La mayoría comienza con el artículo "yo" y están escritos en primera persona, pero nada tiene que ver con individualismo o egoísmo, porque en todos el hablante es un personaje distinto, con una historia particular, por medio de la cual el poeta se representa a sí mismo. Es así como "La alucinada", "El novicio", "El contemplativo" o "El emigrado" son figuras únicas y al mismo tiempo diversas caretas que usa Ramos Sucre para expresarse.
Insisto: mi delirio con Ramos Sucre recién está empezando. Pero su propio delirio con la escritura en sí terminó drásticamente a los cuarenta años luego de una larga enfermedad.
A continuación, un pequeño trozo de la matemática vehemente de este poeta venezolano.
.
.
De "La Torre de Timón" (1925)
.
Preludio
.
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre la creciente luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.
.
.
La Tribulación del Novicio
.
.
Bebedizos malignos, filtros mágicos, ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que esta mi castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contacto de carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos, cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se haya en el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de dolor y gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario; vivo en una celda, y no en medio de árboles frondosos en un campo libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar, después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y encierros pago el delito de esta rebosante juventud; aislado, herido por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta; vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave sonrisa que conviene el espectador de la tragicomedia del mundo. Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su personificación en Satán torvo y enrojecido.
(Fragmento)
.
.
De "Las Formas del Fuego" (1929)
.
El Mandarín
.
Yo había perdido la gracia del emperador de China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado en la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito. Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el debelamiento y el gobierno de un distrito lejano, en donde habían sobrevivido desórdenes, aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado los nativos. Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos. Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un ataúd.
Yo establecí la paz descabezando a los hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me subió algunos grados en su privanza y me prometió la perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los caminos.

.
Más Info en
Fundación Ramos Sucre
http://www.fundacionramossucre.org/
.
Crítica
http://members.tripod.com/analid/papel_literario1.htm
.
Los rasgos de la escritura de José Antonio Ramos Sucre
http://members.tripod.com/analid/papel_literario3.htm