07 enero 2008

Fantasía en Noche – Literatura capoteana para no perder la práctica


Siempre he soñado acostarme con una estrella de rock. Puede ser cualquiera, da lo mismo. El asunto es el hecho de hacerlo con un tipo guapo y estilizado como los de los grupos que me gustan. No sé, imaginarlos en su mundo de conciertos, ensayos, visiones trascendentales de la vida, haciendo rock a cada rato, aspirando cocaína sobre la mesa de su departamento ultra moderno en pleno Nueva York o Londres, me inspira. "Tonight I’m gonna rest my chemestry" canta Paul Banks en mi equipo. Sí, él sería perfecto. Se dice que lo mejor de las fantasías es cumplirlas, pero yo no lo creo así, porque la existencia de ella termina en la concreción, y a veces pensar en la concreción o en el camino para llegar a la concreción, acaba por quitar las ganas de tener fantasías. Por ejemplo, es irrisorio el camino que me llevaría a acostarme con Paul Banks, y la gracia es fantasear con él en su departamento de Nueva York mientras escucho su disco en mi cama y no creer que algún día esto se haga realidad. No, la realidad está absolutamente fuera de la fantasía.
Además, la realidad casi nunca es mía, casi nunca puedo asirla porque su envergadura me aplasta, me minimiza, me pasa por encima; en cambio, la fantasía es completamente mía, está absolutamente bajo mi poder de pequeño dios.
David Bowie decía que él nunca necesitó drogas porque su imaginación era tan potente que podía viajar a cualquier lado con solo ocuparla. Un poco dudoso si viene de su parte tal aseveración, sin embargo no deja de tener razón. Eso de que las drogas alucinógenas te ayuden a conectarte con mundos inexplorados en tu cerebro sea cierto, no lo sé, nunca las he probado. Pero después de pasar casi tres años suspendida en el limbo de la conciencia gracias a los tres miligramos diarios de clonazepam (que nunca eran tres, siempre mucho más) que me inyectaban a la vena los psiquiatras, sin discriminación alguna por poner tal peligro en manos de una chica con ganas de suicidarse, no tengo intención alguna de volver a meterme química en la cabeza, adoro y respeto demasiado la lucidez que tengo en este momento. Una lucidez que permite imaginarme sin culpa, peligro o sensatez, metida en el mundo de un rockstar de ensueño, vestido con impecable traje sastre alternativo.
Quizás Bowie decía la verdad. La fantasía es lo poco que me queda de la inocencia infantil. Aunque no sea nada de inocente o infantil lo que puedo llega a imaginar, el acto de pasar por alto las reglas de la cordura y la realidad para elucubrar distorsionadamente mundos que nos acojan, que nos acomoden y nos hagan sentir mejor es la herencia de la niñez que conservo. Un recurso extremadamente sano si se sabe ocupar. De niña me refugiaba en mi imaginación para escapar de la problemática cotidianeidad en la que crecí, para aumentar la felicidad de los juegos con mis hermanos y para encontrar el universo que intuía pero que no veía, ese universo donde la pasión y la locura eran el modus vivendi, donde la magia salía expelida desde las copas de los álamos y de los cantos de los zorzales como suaves volutas de gas azul y yo podía mandar a todos mis amigos al carajo, escupiendo sobre sus mundillos ordinarios, para vivir como una princesa en mi castillo descomunal. De esa manera evité morirme de pena hasta los quince años.
Ahora, diez años después, la imaginación me mantiene viva y cuerda, aunque suene contradictorio. Claro, porque puede ser que en este preciso momento el sino maléfico de la realidad termine con mi recién conquistada felicidad, pues los tiempos son malos, extraños, dan impotencia; entonces, me encierro en mi pieza, pongo el disco de Interpol, me tiro sobre la cama desordenada y fantaseo, imagino, sueño, me tomo un whisky con hielo en un balcón de Nueva York nevado, después de tener sexo con Paul Banks y produzco endorfinas y soy feliz. Y creo, creo que las cosas pueden ser así de bakanes. Aunque cuando termine "Lighthouse" siga tan decepcionada y frustrada como antes.
Pero ya lo dije, la realidad no tiene cabida dentro de la fantasía. Y por lo mismo, la fantasía nunca competirá con la realidad. Al final, la realidad es la que siempre gana.