28 noviembre 2007

Lo que Punta Arenas me dejó

"Aquí, todo el Sur y todo el viento,
todo el viento: no hay otro Dios"

Pavel Oyarzún

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La memoria se me alarga cuando vuelvo al recuerdo fresco de Punta Arenas. Se me arremolina y vuela a la velocidad increíble del viento patagónico. No se conoce el viento hasta que se estuvo en Magallanes. Ahí recién uno puede decir con orgullo: yo sé lo que es el viento.
No podía dejar de preguntarme, a cada rato, cómo fue que los indios vivían allá, en esa tierra tan grandemente hostil y sin más abrigo y confort que su propio ingenio. Pero, si los selknam o los kaweskar se quedaron en la Patagonia porque ahí estaban sus raíces, ¿porqué se quedaron los colonos, los aventureros? ¿qué vieron en esa patria tan yerma?. Y si ellos se quedaron porque les pareció la tierra prometida, lo suficientemente lejana, lo necesariamente solitaria, ¿porqué se queda la gente ahora, si en un par de horas pueden cambiar el frío y la nieve por la calidez y las playas? La respuesta a todas éstas preguntas, que al final es solo una, la tenía que buscar en mi misma. Yo me había enamorado de esas tierras un año atrás cuando las conocí por primera vez y me enamoré de verdad, pues me pasé el año siguiente soñando casi todas las noches que volvía a Punta Arenas y que podía ver nevar. Porque esa tierra te toma fuerte, se te mete a la primera por los poros y te embruja hasta el cansancio. Por este hechizo casi sádico, casi masoquista, es que todos nos queremos quedar en Magallanes.
Los fondos del gobierno fallaron este año para poder armar la feria. Solo las testarudas ganas de Dinko Pavlov lograron que el proyecto no se viniera abajo y que el fin del mundo tuviera su feria del libro. Fue obviando la precariedad que con Lavquén nos propusimos organizar charlas y ponencias, para darle un carácter cultural al evento, porque los recursos no nos tenían considerados para ello. Sin embargo el esfuerzo, algo pasó que los puntanerenses no prendieron, salvo un grupo de fieles oyentes que no se perdieron ninguna tarde. Pero como uno ya está acostumbrado a estos desaires, era mejor ponerse feliz y seguir adelante. Así conocí a un grupo de señoras cototas que tienen un cuento bien armado en Punta Arenas, el grupo-taller literario LeeTras de los Miércoles. Incluso dos de sus integrantes tienen libros publicados y buenos. Asistí a la presentación de uno de ellos, O-caso de Liliana Ojeda, una pequeña joyita de microcuentos muy bien escritos, a los cuales me referiré en una entrada aparte, porque se merece mayor atención.
El asunto es que Punta Arenas existe a full, aunque no se note. Porque ahí está su gracia: parece que no se mueve pero está viva. Porque hasta las cinco de la tarde del día viernes es una ciudad fantasma, vacía y triste. Después de que el carillón del Santuario María Auxiliadora toca su melodía de las cinco, otra ciudad es la que surge. La avenida Bories, la principal, se llena de gente, casi puros adolescentes que salen en sus mejores pintas a pasearse hasta que el frío y el viento hacen que todos se escondan. Yo no imaginaba que había tanto cabro por esos lados, porque se la pasan escondidos. Es que toda la gente se la pasa escondida es los interiores, así se vive allá. El clima define la personalidad de los puntarenenses –lo hace con todo el planeta- formando personas calladas, retraídas, con un enorme mundo interior, tal como me explicaba el dibujante puntarenense Juan Carlos Alegría, y que una vez a la semana sale a las calles para acordarse de que el mundo sigue rotando afuera.
Lo otro curioso es el carnaval de invierno, que tal como se llama, se celebra en pleno invierno, cuando las temperaturas bajan hasta los doce grados negativos y la nieve cae suave y constante. Eso sí que es masoquismo. Porque como no bastaba tener que sobrevivir al frío clima todo el año, debían salir y festejar en el momento más gélido, en el más terrible, con carros alegóricos y reina incluida. No, aquí no hay fiesta de la primavera, hay carnaval de invierno.
Si me quedaba alguna duda de porqué los hombres se empecinaban con la tierra magallánica, se esfumó por completo cuando salí de la ciudad a conocer el famoso Fuerte Bulnes. Era cosa de mirar el paisaje, de dejarse invadir por él, de rendirse sin resistencia a su magia para saberse de inmediato poseído por él, para reconocerse sin vergüenza su propiedad. Eso fue lo que les ocurrió a los hombres que llegaron a la Patagonia. Un incontrolable enamoramiento.
Lo más bello de este viaje a Punta Arenas fue la consolidación de mi amor hacia esa incansable ciudad y un fascinante encuentro que guardaré para mi biografía.
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