09 septiembre 2007

NUESTRA POESÍA (1810-1960)

En el año 1960 se celebraban los 150 años de la Independencia. Y la maravillosa y desaparecida revista En Viaje, que editaba Ferrocarriles del Estado (cuando realmente eran del Estado) publicó ese septiembre un número especial por las celebraciones.
Más que una revista, es un libro, con invaluable información recopilada, de los más diversos temas patrios, un documento fantástico que relata en sus páginas no solo la historia pequeñísima de Chile, sino que también la forma de verla hace cuarenta años atrás, cuando la mayoría de los hechos que son parte de nuestro ideario actual no habían ocurrido aún.
De esa hermosa y olvidada revista (de la cual tengo muchos números, pues mi amado abuelo le dio su vida a FFCC del E) es que extraigo un artículo íntegro de la historia de la poesía chilena desde la independencia, escrito por Hernán del Solar.
Que lo disfruten mucho.
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NUESTRA POESÍA (1810- 1960)
por Hernán del Solar
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Intentemos visitar de paso a nuestros poetas del siglo XIX. Nos sorprenderá casi enseguida un curioso deseo de alejarnos. Hemos querido convivir un instante con ellos y advertimos que es imposible. Los respetamos, pero nos aburrimos un poco en su presencia. Hablan, sin duda, nuestro idioma, sus palabras son generalmente las que empleamos cada día, pero sentimos sin embargo que su lenguaje no es el nuestro ¿Porqué? La razón es sencilla: la sensibilidad ha evolucionado y todas las cosas del mundo tuvieron para ellos un valor sentimental que nos es bastante ajeno. Nos parece que están en la vida en actitud declamatoria. Sus versos nos hacen ver que tienen el corazón en la mano, y quien tiene el corazón en la mano difícilmente puede reír o llorar como el que lo guarda en el pecho y ni siquiera lo oye latir sino cuando está enfermo.
Todos los poetas de entonces que recordamos todavía, siempre desde lejos, se hallan en postura de estatua. Posee una voz sonora y le cantan a la vida y a la muerte de manera tan destemplada que la vida se encoge de hombros deseosa de paz, mientras la muerte se tapa los oídos con su guadaña, inquieta como muchachita inocente que no quiere escuchar ciertas insinuaciones.
Estos poetas son honorables. Tienen grandes cargos administrativos, diplomáticos, universitarios y en sus horas de ocio, que no son muchas, leen y traducen poetas latinos y a los románticos de Francia, cuando no imitan a los españoles que más se parecen por dentro y por fuera a lo que ellos son en este país que se ha independizado y empieza a andar libremente.
Todo esto no significa que debemos olvidarles. Hicieron lo suyo con honradez y entusiasmo, pero lo nuestro es tan distinto y distante que no nos permite deleitarnos con esa retórica desvanecida. Nos sentimos más cercanos a los grandes poetas antiguos de todas partes, porque son universales y duraderos. Aquí hallamos, en cambio, en el siglo XIX chileno, una voz de acento muy local y para cortos años. Oímos unos instantes a don Andrés Bello, Salvador Sanfuentes, Eusebio Lillo, Guillermo Matta, Guillermo Blest Gana, Eduardo de la Barra, José Antonio Soffia y Mercedes Marín del Solar, les oímos como a unos abuelos bondadosos, dueños de memorables virtudes y rápidamente nos alejamos. Quien no lo hace es poco sincero o erudito, o nada le importa la poesía.
De repente, a poco andar, nos sale al encuentro una voz ruda, bulliciosa, muy a menudo excitada por el alcohol. Estamos ante Pedro Antonio González. Es un hombre que ha aprendido el estrépito romántico y parece adivinar algún sonido modernista que vendrá más tarde. Pero este nuevo acento lo trae el nicaragüense Rubén Darío, que va a Francia a forjarlo como quiere, y pasa a España a divulgarlo. Entre nosotros, dos poetas lo atrapan. : Francisco Contreras y Antonio Bórquez Solar. Otros, ensayándolo, vacilan, aunque hasta hoy suele sonar en algún poema, como en muchos de Roberto Meza Fuentes, por ejemplo. Sin embargo nuestra poesía entra por diverso camino y se vuelve muy chilena con Carlos Pezoa Véliz (1879-1908). Con él empezamos verdaderamente a ser nosotros mismos. Aparecen nuevos precursores y somos ya de esta tierra. Citemos algunos nombres que merecen detenido estudio y aquí pronunciaremos con alegría: Julio Vicuña Cifuentes, el autor de "La cosecha de otoño", Diego Dublé Urrutia, Premio Nacional de Literatura 1958, el de "Fontana cándida", Víctor Domingo Silva, Premio Nacional de Literatura 1954, el poeta que incursiona por todos los géneros y sabe poner a cada uno la huella romántica de su paso, Pedro Prado, Premio Nacional de Literatura 1949, hombre de fina sensibilidad e inteligencia vigilante, Max Jara, Premio Nacional de Literatura 1956, el de "Juventud" "¿Poesía?" y "Asonantes", tres libros que le sostienen y lo muestran desde su apartada soledad, Ernesto Guzmán, áspero y siempre honesto; Manuel Magallanes Moure, poeta que habla en voz baja del amor, la tristeza y la desesperanza; Jorge González Bastías, hondo y puro; Carlos Mondaca, el insimismado, doloroso y penetrante.
Todos estos poetas viven en sus libros como un ejemplo que se recordará por largos años. Les une un mismo amor de la poesía, que no es para ellos un vehículo hacia fuera, hacia la plaza pública en que les espera la alabanza. Tienen la poesía como una sonda en el alma del mundo y en la propia, limpiamente atentos a la profundidad del dolor, de la esperanza, del deseo y la nostalgia sin nombre, esa nostalgia de una vida que sueñan y le da su nobleza a la existencia que viven.
No podemos detenernos. Esta precipitada excursión por 150 años de poesía chilena nos obliga a mirar como desde la ventanilla de un tren que corre con tiempo rigurosamente medido y tiene la estación final muy lejana, mientras el minutero da corto trecho en el horario. Todo pasa y se adivina porque solo se ve su huida veloz. Así, pues, divisamos a Carlos Acuña, con sus "Baladas Criollas", cantándole a la tierra, sencillo y robusto entre campesinas y caballos; a Daniel de la Vega, Premio Nacional de Literatura 1953, embelleciendo la vida cotidiana en "Los momentos", "Las montañas ardientes", "Los horizontes"; a Carlos Prendez Saldías, el melancólico enamorado que encuentra olvido y calma en el paisaje; a Ángel Cruchaga Santa María, Premio Nacional de Literatura 1948, el poeta que desde 1915, con sus "Manos juntas", le da un vuelco a la poesía para que empiece a ver la sombra o la luz de Dios sobre todas las cosas, a Juan Guzmán Cruchaga, el que busca la desnudez más bella que pueda mostrar el verso y escribe "Agua de cielo" con el rocío de las palabras, a Domingo Gómez Rojas, mal asesinado cuando tenía en la boca el canto sobrio del amor al pueblo y a la vida, a Armando Ulloa, poeta de las colinas y de los ríos; a tantos otros que vinieron poco después: Cifuentes Sepúlveda, Rojas Jiménez, Salvador Reyes, el renovador del poema íntimo con "Barco Ebrio" y "Las mareas del sur", antes de ser el gran novelista que es hoy.
Pero ya estamos delante de Gabriela Mistral. Premio Nobel de Literatura 1945 y Premio Nacional de Literatura 1951, es la gran mujer de la poesía de esta época. Nos habló de amor, de la vida y de la muerte con la claridad y altura necesarias que las palabras exigen e su máximo destino. Conocía y amaba el oficio de las palabras. Sabía cómo hay que decirlas al que sufre y al que goza, al niño y a las madres, a todos los hombres que se encuentran en la difícil ocupación de vivir para morir. Su vocabulario poseía a veces destellos bíblicos, música y sentido clásicos, aspereza y dulzura. Le hubiera gustado que el mundo fuese un manojo de hierbas para prenderlo en su pecho y sentir que allí no se marchitaría. Una de sus enseñanzas fue el afán de ir siempre al corazón de las cosas. Y el corazón de las cosas está en las páginas que nos dejó.
Pasemos. Está enfrente un hombre de voz tremenda: Pablo de Rokha. Es el huaso de Licantén que nació profeta y va a grandes zancadas por la vida y el poema, ocultando broncamente su ternura que le llena los ojos de llanto y el alma de gritos. "Escritura de Raimundo Contreras", "Gran temperatura", "Idioma del mundo" son obras que en todas las palabras violentas, desterradas de la poesía, le sirven para destrozar y crear. Junto a él, admirándole y devolviéndole amor por amor, su mujer Winett de Rokha encabeza una larga lista de poetisas que más adelante enumeraremos temerosos de que –tantas como son- muchas no sean nombradas a pesar nuestro, porque el espacio acaba cuando menos lo pensamos.
Pues bien, en los mismos días en que nace y se desenvuelve la turbulencia de Pablo de Rokha, brota y florece el creacionismo de Vicente Huidobro. Con él, honda y brillantemente, la poesía aprende una misión inesperada. Dice Huidobro: "Porqué cantáis la rosa, ¡oh poetas! / hacedla florecer en el poema". Estas palabras dirigidas a los poetas van directamente a la poesía, como una orden perentoria. Así como la naturaleza está en una continua actividad creadora, la poesía debe crearlo todo a su vez, sin auxilio ajeno. Así habrá más cosas en el mundo, algunas muy bellas e imprevistas.
Al mencionar algunos de los libros representativos de Huidobro: "Ecuatorial", "Mío Cid Campeador", "Altazor", "Ver y palpar", "El ciudadano del olvido", queremos mencionar también algunos poetas que, a pesar de adentrarse por sendas propias, le deben el impulso original, el "Lázaro, levántate y anda". Nos referimos, entre otros, a Braulio Arenas, Enriquez Gómez Correa, Eduardo Anguita, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Antonio Campaña, Armando Uribe Arce. No se trata de discípulos ni de imitadores. Todos son poetas que cruzan algunas de las puertas que Huidobro abrió para entrar enseguida en el terreno que cada cual elige para la siembra personal.
Los nombres acuden deprisa y es imposible retenerlos. Vienen y escapan. ¿Cómo hablar con algún detenimiento de mujeres como Chela Reyes, Mila Oyarzún, María Silva Ossa, Eliana Navarro, María Elvira Piwonka, Delia Domínguez, Francisca Ossandón, Sabka, Matilde Ladrón de Guevara, Raquel Señoret? ¿Cómo ocuparse de hombres como Antonio de Undurraga, Miguel Arteche, Mario Ferrero, Venancio Lisboa, Jacobo Danke, Jorge Teillier, José Miguel Vicuña, Carlos René Correa, Hugo Goldsack, Altenor Guerrero, Manuel Gandarillas, Nicolás Ferraro, David Rosenmann Taub, Raúl Rivera? Cada uno de estos nombres exige atención y podríamos prolongar la lista con otros no menos interesantes; pero esta cordial tarea la dejamos para un estudio prolijo que deseamos vivamente.
Entretanto, miremos hacia dos poetas sumidos en la más solitaria exploración: Rosamel del Valle y Humberto Díaz Casanueva. El primero escribe "Orfeo", "El joven olvido", "Fuegos y ceremonias", "La visión incomunicable", y desciende a las zonas más ocultas del espíritu para expresar la aventura más intensa de la poesía; el segundo escribe "El blasfemo coronado", "Requiem", "La estatua de sal", "La hija vertiginosa" y "Los penitenciales", para orientarse con voluntariosa terquedad por la sombría corriente que lleva a los enigmas originales del ser. Ambos poetas no tienen compañía y sostienen su dignidad con una agónica esperanza.
Salimos de esta sombría región de símbolos para entrar en la claridad de "Mitin de las mariposas", "El espejo del sueño", "Rumor de mundo" y "Diario Morir", de luminoso ordenador de imágenes que es Julio Barrenechea; y para entrar también en el conocimiento puro de la naturaleza y del hombre que Juvencio Valle nos transmite en "La flauta del hombre pan", "Tratado del bosque", "El libro primero de Margarita" y "El hijo del guardabosque". En ambos poetas nos hallamos frente a un limpio mensaje de gratitud a la vida.
Pero ya es el tiempo de pasar ante Pablo Neruda, Premio Nacional de Literatura 1945. Primero es la música fina de "Crepusculario", "Veinte poemas de amor y una canción desesperada", que todos aprenden de memoria, después la sinfonía amarga de "Residencia en la tierra"; por último, la entrada en el país, en las cosas cotidianas con "Canto general", "Todo el amor", "Odas elementales", "Las unas y el viento", "Navegaciones y regresos", etc. A través de estas tres etapas vemos el viaje del poeta de un extremo de la alegría y el dolor, de la ira y la ternura, de la sensibilidad y la imaginación, de la realidad que el hombre sobrelleva sobre los hombros fatigados y de la realidad que es latido de su sueño y amanecer de sus canciones. Le oímos, al alejarnos: "Amo todas las cosas, / no porque sean ardientes o fragantes / sino porque no sé, / porque este océano es el tuyo, / es el mío, / los botones, las ruedas, / los pequeños tesoros olvidados, / los abanicos en cuyos plumajes / desvaneció el amor sus azahares, / las copas, los cuchillos, las tijeras, / todo tiene en el mango, en el contorno, / la huella de unos dedos, / de una remota mano perdida, / en lo más olvidado del olvido."
Y amamos con él todas las cosas. Pero ocurre que un recodo de esta travesía hay otra voz y sentimos que se abren las puertas de un mundo diferente. También vamos a amar todas las cosas junto a Nicanor Parra, que con "Poemas y antipoemas" y "La cueca larga" nos enseña a mirarlas de otro modo, con el humor hecho guitarra, con la inteligencia y la emoción vueltos luz parpadeante de faro frente al inmenso mar de la vida y de la muerte. Aquí lo amargo guiña un ojo alegre y lo dichoso pone el ceño triste. Pero amargura y dicha cantan al son del gran baile de las cosas y de los hombres en un mundo absurdo –el nuestro- que no debe alegrarnos ni entristecernos. Su fin es otro –si alguno tiene-: estar ahí, donde está y cantemos.
Finalmente, arribamos a puerto o estación –como se quiera- y en el muelle o en el andén está Efraín Barquero con tres libros bajo el brazo: "La piedra del pueblo", "La compañera" y "Enjambre". Es silencioso y humilde. Pero por él habla su poesía. Lo que dice es una historia larga y bella. Tal vez la comentemos en otra ocasión. Ahora volvemos la mirada hacia atrás, llegamos a este punto en que estamos y sentimos la dicha de un viaje que nos ha indicado nuevamente –lo sabíamos ya- cómo la poesía es el secreto profundo del amor y la íntima nobleza.
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Extraído de revista En Viaje, Septiembre de 1960, Año XXVII, Edición Nº 323, Santiago, Chile.