16 agosto 2007

EL AISLAMIENTO Y LOS VAMPIROS CONCEPTUALES

De chica me han gustado los vampiros. Pero no fue hasta grande que supe bien porqué.
La concepción existencialista de las cosas transformó el mito del hombre bestia chupa sangre en una metáfora del rechazo y del aislamiento existencial: el vampiro se mantiene en pie a la hora en que el resto de la normal sociedad duerme, su apariencia es repulsiva, es diferente, infunde temor al resto. Y para colmo, se alimenta del preciado líquido vital de los normales. O sea, un total anti social, medio drogadicto, medio violento y completamente vulnerable.
Mi experiencia del aislamiento vampírico no la reconocí como tal hasta que ya no existió. Mi experiencia del aislamiento no tiene que ver con una consciente actitud anarquista ni con una opción anacoreta. Mi experiencia, que recién ahora comprendo, provino de la enfermedad psiquiátrica, una especie de vampirismo conceptual.
Específicamente, la depresión aísla a la persona de la realidad distorsionando su idea de felicidad (otras enfermedades atacan otras aristas de la realidad, como la esquizofrenia la noción de racionalidad, el trastorno de la personalidad de la noción del yo, etc.) y, generalmente, proporciona una especie de sellado al vacío entre la persona enferma y el resto de la sociedad común. Es así como se comienza la transmutación hacia el vampiro, imitándose inconscientemente todas las costumbres y actitudes del mito.
Entonces, ocurre el aislamiento, la gente rechaza a este bicho que no calza con los parámetros comunales, que no entiende y al que no entienden y el aislamiento se bifurca dejando poca opción de salida o mejora: la sociedad aísla al ser raro, el ser raro se aísla de la sociedad que no comprende. Un círculo vicioso que puede producir la muerte. Así de fácil, así de simple (por esto siempre digo que la depresión es una enfermedad mortal).
Ahora, si la sangre es para el vampiro su néctar esencial, para el deprimido clínico es la energía del resto su necesidad y su estímulo, apropiándose de la vitalidad del otro para recomponer la propia, destruyendo casi por completo el vigor psicológico del donante o del atacado, acabando la paciencia de cualquiera. Pero así como para el vampiro su sed desesperada no se sacia jamás, para el deprimido su ansia de energía es inabarcable e irreconciliable.
El vampiro conceptual psiquiátrico es la realidad del vampiro mitológico. El aislamiento del vampiro mitológico es idéntico al aislamiento mental – emotivo del enfermo mental.
La solución para acabar con el vampiro es fácil y drástica; las formas son diversas, siendo la más conocida la popularizada por Stoker en su novela: enterrar una estaca de madera en el corazón y cortar la cabeza para, así, impedir que el inmortal mortal pueda volver a la no-vida. La solución para acabar con el vampiro metafórico es igual de fácil, aunque suele ser un tanto más lenta y específica: la dosis exacta del fármaco exacto.
Siete años después vengo a entender cabalmente porqué siempre alucinaba con los vampiros de los libros. Porque fui una metáfora de ellos, una versión idealizada, un engendro sin colmillos pero igual de alérgico a la luz solar, igual de aislado, igual de solo y enfermo. Una persona que caminaba, que hablaba, pero que estaba muerta por dentro, tal como un vampiro.