22 agosto 2007

Al rescate de los modernistas: Pedro Prado

Pedro Prado (1886 - 1952)

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Los poetas modernistas chilenos desde siempre han dividido a la pequeña masa lectora; unos los aman y admiran su romántica poesía, otros la desechan por insípida, llorona e inconsistente.
Es un hecho de que el grupo de Los Diez fue formado por poetas acomodados, a quienes su situación permitió disfrutar completamente la tendencia romántica del dandy que veían en artistas europeos de finales del siglo XIX. Esto produjo un notable distanciamiento de las sendas poéticas que ya había trazado Carlos Pezoa Véliz, con una conciencia social muy marcada, o de la que luego trazaría Gabriela Mistral, lejana de las banalidades de sus contemporáneos.
A pesar de las diversas críticas, tanto sociales como formales, que podamos hacer a Magallanes Moure, Prado, Guzmán, Mondaca, de la Vega, Jara, Guzmán Cruchaga, etc. es posible y necesario rescatar calidad poética más allá del reconocimiento histórico que pueda hacérsele a estos poetas. De esta manera propongo una relectura de esta selección de prosas de Pedro Prado, a quien yo estoy releyendo actualmente. He tomado una edición de editorial Nascimento, Poesía Chilena 1907 – 1917 (Santiago de Chile, 1971), que nunca me había puesto a leer con tanta detención como ahora. Quizás este ambiente cargado de brotes primaverales me ha dispuesto a comprender sin prejuicios la poesía metafísica y transparente de los llamados modernistas.
El asunto es que he podido encontrar valiosos soportes en la poesía de Prado. También temas muy extraños, un tanto oscuros, escondidos en la melosidad de sus historias.
A continuación la selección de las prosas que he rescatado de mi lectura. Espero que las disfruten.
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LA CASA ABANDONADA
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Alta va la luna y las nubes volando en torno. De vez en vez cae una nube como una mariposa en las llamas de l aluna y hay una pasajera oscuridad. Luego, el cuerpo consumido de la mariposa rueda por los rincones oscuros de la noche.
Viento del otoño alegre, ensaya un silbido agudo. Los árboles le hacen reverencias. Afanosas las arañas, zurcen vidrios los rotos de la casa abandonada, y continuos calofríos estremecen los yerbajos del patio.
- Mala la noche – dicen los grillos que cruzan entre los escombros-
-Mala la noche – repiten los pájaros, que no pueden conciliar el sueño con el loco vaivén de las ramas.
¿Volverá? – preguntan los medrosos caracoles.
Bajo el bosque de ortiga y malvaloca, cruzan las ratas por vereditas que penetran a los cuartos vacíos. Los pisos de madera se pudren y deshacen. Las paredes desconchadas, con grandes agujeros, evitan las revueltas inútiles.
Las cabezotas de los cardos que se yerguen al frente de las puertas, vaciaron sus enjambres en las piezas solitarias.
Cuando penetra una racha, bailan las plumillas la danza del viento.
Y la rata blanca, que anida en un escondrijo, se desespera con la fuga de los vilanos, porque son el abrigo de sus ratoncillos.
- ¿ Adónde vais –chilla-, locos, más que locos?
No lo sabemos, señora, preguntádselo al viento.
¿Os dejáis arrastrar por ese vagabundo?
- Hemos sido hechos para él. El polvo y las hojas y las aspas de los molinos, están encargados de hacer visibles a las ráfagas que soplan vecinas a la tierra. Las nubes y los vilanos denunciamos a los vientos altos, que solo en nosotros los perciben los ojos.
Extraña ocupación.
-¿Pequeña os parece? Hay muchos que solo viven para indicar el paso de las cosas invisibles.
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EL ESPEJO
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Cada vez que me observaba en un espejo recibía una impresión extraña.
Ahí tienes, me decía.
¿Pero acaso soy tan sencillo como todo eso? – me preguntaba.
Aquella imagen opaca, impenetrable, parecía tan ajena a mí mismo, como si fuese la figura de otro.
Por fin, una noche descubrí el verdadero espejo.
Sobre el jardín envuelto en sombras, bajaba el pálido fulgor de las estrellas.
En los cristales de la ventana veía reflejada la luz de la lámpara y mi actitud pensativa. Pero a través de mi imagen pude observar la arena de los senderos, los macizos de rosas que florecían en mitad de mi pecho, las estrellas lejanas que brillaban en mi cabeza.
Pensé haber encontrado un buen espejo.
Aquella mi sombra, atravesaba por franjas de arena, por rosales florecidos, por astros distantes, hablaba, con extraordinaria claridad, del origen de nuestro cuerpo y de las tendencias que llenan al espíritu humano.
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LOS PÁJAROS ERRANTES
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Era en las cenicientas postrimerías del otoño, en los solitarios archipiélagos del sur.
Yo estaba con los silenciosos pescadores que en el breve crepúsculo elevan las velas remedadas y transparentes.
Trabajábamos callados, porque la tarde entraba en nosotros y el agua entumecía.
Nubes de púrpura pasaban, como grandes peces, bajo la quilla de nuestro barco.
Nubes de púrpura volaban por encima de nuestras cabezas. Y las velas turgentes de la balandra eran como las alas de un ave grande y tranquila que cruzara, sin ruido, el rojo crepúsculo.
Yo estaba con los taciturnos pescadores que vagan en la noche y velan el sueño de los mares.
En el lejano horizonte del sur, lila y brumoso, alguien distinguió una bandada de pájaros. Nosotros íbamos hacia ellos y ellos venían hacia nosotros.
Cuando comenzaron a cruzar sobre nuestros mástiles, oímos sus voces y vimos sus ojos brillantes que, de paso, nos echaban una breve mirada.
Rítmicamente volaban y volaban unos tras los otros, huyendo del invierno, hacia los mares y las tierras del norte.
La peregrinación interminable, lanzando sus breves y rudos cantos, cruzaba, en un arco sonoro, de uno a otro horizonte.
Insensiblemente, la noche que llegaba iba haciendo una sola cosa del mar y del cielo, de la balandra y nosotros mismos.
Perdidos en la sombra escuchábamos el canto de los invisibles pájaros errantes. Ninguno de ellos veía ya a su compañero, ninguno de ellos distinguía cosa laguna en el aire negro y sin fondo.
Hojas a merced del viento, la noche los dispersaría. Mas no; la noche, que hace de todas las cosas una informe obscuridad, nada podía sobre ellos. Los pájaros incansables volaban cantando, y si el vuelo los llevaba lejos, el canto los mantenía unidos.
Durante toda la fría y larga noche del otoño pasó la bandada inagotable de las aves del mar.
En tanto, en la balandra, como pájaros extraviados, los corazones de los pescadores aleteaban de inquietud y deseo.
Inconsciente, tembloroso, llevado por la fiebre y seguro de mi deber para con mis taciturnos compañeros, de pie sobre la borda, uní mi voz al coro de los pájaros errantes.
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EL PÁJARO MUERTO
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Bajo las ramas de unas vides silvestres, dos niños pequeños encontraron un pájaro muerto que ya perdía el lustre y los azules cambiantes de su negro plumaje.
El niño lo vio primero; pero fue la mujercita quien tomó entre sus brazos y lo adoptó como un hijo querido.
Ella no permitía que su hermano curioseara en el pájaro muerto, y hacía gestos que indicaban cuánto se preocupaba de no turbar su sueño.
Cada hora, de los días que siguieron, trajo y ofreció un interés distinto del espíritu veleidoso del niño; solo la madrecita fue fiel a su constante y único amor.
Llegaba la noche y la luna sorprendía arrullando a su hijo con canciones sin sentido, muy semejantes a las canciones de los pájaros.
Cantaba un mediodía, sentada en el quicio de su puerta, bajo las movibles sombreas de las madreselvas.
Un olor malo y molesto turbaba su voz; pero luego su acento volaba alegremente, como el humo de las fogatas campesinas.
El olor malo persistía. La madrecita quedó pálida y silenciosa cuando, entreabriendo las ropas que cubrían a su hijo, vio que por el cuerpecillo del pájaro muerto andaban los gusanos.
Arrodillada, lloraba su asombro; el hermano acudió a los lamentos de la hermana.
Turbado ante el pequeño pájaro que desaparecía, el niño tomó a la madrecita de la mano y la llevó lejos. Y como si él supiese algo, confuso pero lleno de vanidad, trató de explicar lo que ninguno de ellos comprendía.