18 julio 2007

Valparaíso y Juana de Ibarbourou

Juana de Ibarbourou (1892- 1979)
Viajo a Valparaíso muy seguido en los últimos años porque mi hermano menor estudia cine allá, y he aprovechado de pegarle en la pera de lo lindo. Me sirve para cargar de energías marítimas mi siempre compungida alma y respirar algo de aire con grandes cantidades de O2, cosa muy escasa por estos días en la capital.
Nunca he comprado el cuento del Valparaíso cliché de la bohemia y los ascensores, ni menos el de Patrimonio de la Humanidad, que en verdad se me hace patético al conocer el abandono de muchísimos de sus lugares. Preferí, hace ya tres años, comenzar a conocer el puerto por mis propios medios, libre de prejuicios de todo tipo -positivos o negativos- y junto a mi hermano nos hemos lanzado a explorar poco a poco la ciudad en largas caminatas conversadas. y ahí está la gracia de Valparaíso: es la ciudad de mi hermano, en la que él vive, la que él me ha enseñado a amar, la que él me ha mostrado en profundidad sin maquillajes. Hay mujeres que sin pintura en la cara muestran su belleza natural y espontánea dándose a conocer hermosas y humanas. Valparaíso es una de esas.
Este pasado domingo me encontraba yo junto a mi hermano en el soleado puerto. Ese es el día del persa en la plaza, así que animé a Javier -mi hermano, obvio- a que me acompañara a cachurear un rato. La última vez que estuve en el persa, compré un par de libros y revistas muy antiguos y muy valiosos a un precio irrisorio. Y este domingo me encontré nuevamente con la emocionante caja de cartón que contiene los preciados tesoros a la módica suma de cien pesos. Buscando dentro rescaté un maltradato ejemplar de "El Cántaro Fresco" de la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou, que compré solo porque sabía que ella era poeta, aunque no recordaba haber leído uno solo de sus poemas.
Este librito contiene un montón de textos en prosa que a primera leída parecen bien amenos, tiernones, bonitos. Medios cursis. Pero como la atmósfera porteña a uno lo pone sensible a todo tipo de éxtasis, la segunda lectura que le dí al libro me mostró una poesía finísima, pulcra, delicada como las pequeñas rosas de mi jardín a las que mi mamá llama "besitos".
Recomiendo que busquen en estos textos de Juana de Ibarbourou las metáforas, las imágenes, la sencillez de la poesía que no necesita aspavientos meticulosos para encantar. Pero vayan más allá, a la médula oscura y trágica de muchos de ellos. De seguro encontrarán algo que antes no habían visto en Juana de Ibarbourou.
Vale la pena reecontrarse con la belleza y la ternura, de vez en cuando.
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Selección de textos de EL CÁNTARO FRESCO de Juana de Ibarbourou
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El Cántaro Fresco
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Han traído para el almuerzo un ventrudo recipiente de barro lleno de agua recién sacada del pozo. Y es ésta tan fría que, rezumando por todos los poros del cántaro, ha cubierto la rojiza superficie de un fresco manto húmedo. A trechos, el vapor acuoso es más espeso y forma gotas gruesas que caen sobre el matel blanco. En el comedor rein una penumbra dulce. Por una rendija del postigo entra, tendiéndose en la parte superior de la ventana, hasta el piso del centro de la habitación, como una tirante cinta amarilla, un rayo de sol que, en el suelo, se concentra simulando un ovillo dorado. A veces, al mover un ligero soplo de brisa la cortina, el redondel del sol se mueve también, y Titanio, el pequeño terranova que hace raro lo observa, salta sobre él. Y ladra al ver que lo que él quizás supone un estraño insecto, se trepa como una mariposa borlona a su pata peluda. De la cocina llega ruido de loza; del patio un chirriar confuso de cigarras. En espera del almuerzo empieza a invadirme la modorra de este cálido medio día de Diciembre. Mi hijo, con esa sana hambruna de los seis años, pellizca un trozo de pan, sentado ya en su sillita, junto a la mesa, esperando la llegada del padre. Mia agujas de tejer, la labor, el ovillo, han resbalado poco a poco de mi falda a la estera. Yo apoyo mi mejilla en la fresca superficie húmeda del cántaro. Y esta fácil y sencilla felicidad me basta para llenar la hora presente.
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El Gesto Mío

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Fulgura tal cantidad de estrellas esta noche, qu me pregunto cómo puede haber en el cielo espacio para tanto lunar de oro. Tal vez por eso, a ratos, algunas se desprenden quizás empujadas por las otras que quieren sitio y cruzan la alta sombra como una larga flecha rubia. Yo no me canso de mirar y mirar al cielo esta noche. E inconscientemente cuando veo desprenderse una estrella, alargo la mano con la absurda pretensión de apresar a la vagabunda. ¡Ay! ¡Es un gesto muy mío éste de tender siempre las manos hacia las cosas más imposibles!

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Angustia

La tardecita es de oro. Por el rectángulo del balcón abierto mis ojos son dueños de un maravilloso rectángulo de primavera. El cielo no puede estar de un azul más limpio. La tierra no puede tener un aspecto más alegre. Hasta el misántropo vecino de enfrente ha abierto su evntana que, siempre cerrada, tiene en su casa el aire de una arruga constante en una cara antipática y seria. Golondrinas, muchachos, un panadero con su canasta llenade pan esponjado, un hombre con un cesto de duraznos maduros... ¡Ah, mes de Enero! En la iglesia de la plazuela, un acristán alegre da un toque de oración precipitado. Mis ojos se llenan, sucesivamente, de amarillo, de azul, de iris. Todos los colores pasan por el rectángulo de mi balcón. De pronto, entre el oro fluído, se marca, lenta, una mancha negra. Es una anciana que va, quizás, a la iglesia. Y esa pobre vieja se ha quedado clavada con insistencia en mi retina. Al pasar me ha mirado. Y es como si de improviso una parodia de la letanía de los trapenses hubiese resonado en mis oídos.

¡Hermana, de envejecer tenemos!

Y una angustia honda me aprieta bruscamente el corazón. ¿Yo también he de ser algún día como esa anciana triste, de mejillas rugosas? El suntuoso marfil de mi cuerpo moreno ¿se quebrará en sinuosos pliegues? Mi anhelo vagabundo de selvas y de prados y el sonoro cascabel de mi libre alegrío ¿se treansformarán, con los años, en esa misma tristeza, en esa misma angustia quieta? ¿Podré sin el orgullo de ser fuerte, joven y codiciada? Un estremecimiento de frío, a pesar de la tarde tibia, ,e corre por todo el cuerpo. ¡Oh Dios mío, porqué no será verdad la leyenda de la fuente de Juvencio! En este momento acabo de comprender la piedad de la muerte.

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Más textos en

http://www.ale.uji.es/ibarbou.htm

http://www.los-poetas.com/j/juana1.htm

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Este artículo está dedicado a mi amado hermano Javier y a mi querido amigo Alejandro Lavquén.