03 mayo 2007

CRÓNICAS Y CONVERSACIONES I

El arbusto de perlas
Muchos años atrás en algún verano. Casa de mi tata. La transparencia de los años infantiles me permite mirar todo con la claridad del agua. Son las seis de la tarde y el calor se atenúa quedando el aire con la placentera tibieza de esas horas. La terraza de la casa de mis abuelos –terraza que sigue casi intacta hasta hoy pero que perdió definitivamente el espíritu que ellos le daban- es fresca, con piso de cemento rojo siempre bien encerado. Hay dos escaños de madera descascarada, uno de color blanco y el otro celeste. En el suelo, a los pies de la puerta de entrada, un viejo limpiapiés de caucho de neumático en tiras que se entrelazan y se afirman por pequeños clavos. Detrás de los escaños el ventanal que da al living abierto de par en par; los marcos son de madera, comenzada a ser comida por las termitas, lo que dificulta el abrir o cerrar las ventanas. Los finos visillos blancos ondeaban hacia la terraza. Al costado izquierdo se encuentra una enorme camelia de flores rojas. El frente, es decir, la vista principal que se disfruta al sentarse en la terraza, reboza en plantas coleccionadas a través de los años por mi abuela: limoneros, rosas blancas, jazmines, rayitos de sol de todos los colores, cardenales, un frondoso arbusto blanco y duro que nunca supe cómo se llamaba y, escondido entre medio de esta jungla casera, un pequeño arbolito de hojas verdes que daba pequeñas pelotitas blancas de fina cáscara y blando interior que adorabamos aplastar y reventar con mis hermanos. Este arbolito era mágico para nosotros cuando eramos niños y se transformó en una especie de mito con el tiempo. Cuando conversábamos de las aventuras en el jardín de los abuelos en nuestra niñez, siempre llegábamos al arbustito de bolitas blancas harinosas que nos encantaba sacar y aplastar y esparcirnos por los dedos sin que mi abuela nos viera haciendo tal acto corrupto con sus maravillosas plantas. Nunca volvimos a ver el arbusto de perlas desde que mis abuelos murieron y mi tío sacó todas las plantas y árboles de mi abuela y plantó solo césped en un intento por quitar la atmósfera bucólica de la casa e instaurar una estética de nuevo rico. Tanta era la magia de aquellas imágenes pasadas que llegamos a pensar que todo había sido producto de nuestra imaginación infantil.
Pero un día que me encontraba en la ciudad de Punta Arenas caminando sola por una calle en plena primavera, bastante humilde en esas patagónicas tierras, una visión maravillosa me detuvo: en una casa había en el antejardín desnudo y húmedo un pequeño arbolito que tenía pelotitas blancas. Lo miré asombrada y el pecho se me llenó de alegría. Segunda vez en mi vida que veía ese arbusto y ya podía estar segura de que no había sido invención nuestra.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario